Por Carlos Avendaño.
Gerardo Vargas Landeros: el Titanic de Ahome se hunde con orquesta y todo. El 3 de julio no amaneció, se desplomó sobre el desaforado alcalde de Ahome, Gerardo Octavio Vargas Landeros. Se presentó a su audiencia como quien llega a su propio funeral político: escoltado por abogados -más bien sepultureros legales- y junto con Cecilia Hernández, su fiel escudera, esa que todavía no se da cuenta que el barco ya zarpó… al fondo del abismo. Ahí estaba, con la dignidad hecha trizas y el rostro más caído que su reputación. Un cuadro digno de museo: cuerpo presente, alma ausente, y rostro derrotado, como si intentara fingir que todo está bien, pero el cuerpo ya no coopera. Parecía más un holograma de sí mismo que un político en control. Sus gestos descoordinados hablaban más que mil conferencias de prensa: hombros vencidos, mirada perdida y esa sonrisa fingida que apenas se sostenía, como diciendo “soy inocente”, mientras su conciencia gritaba “¡culpable, su señoría!”. Una tragicomedia digna del teatro sinaloense. Dice que la “verdadera justicia saldrá a flote”. Qué irónico: la justicia sale a flote justo cuando él se está hundiendo. Porque si algo le está flotando a Vargas Landeros no es la verdad, es el lodo que dejó a su paso. El desgaste se nota. Ya no quiere pelear, no por falta de argumentos legales, sino por falta de energía vital. Parece más preocupado por cómo saldrá en la foto que por enfrentar los cargos. Aunque, siendo honestos, ni Photoshop salva ese rostro de penitencia y derrota. Gerardo Vargas ya no camina, se arrastra entre ruinas. Él, que se vendía como el nuevo mesías de la administración pública, termina como símbolo del cinismo en retirada. De prometer gobernabilidad pasó a mendigar clemencia. Así, sin fuegos artificiales ni aplausos, termina la ópera bufa del alcalde caído. Ni héroe, ni mártir. Solo otro político desmoronado, que creyó que el poder era eterno, hasta que le llegó la cuenta…
Cruceros y cadáveres: el nuevo termómetro turístico de Sinaloa. La flamante secretaria de Turismo, Mireya Sosa Osuna, ha revelado -con la serenidad de quien vive en un Mazatlán paralelo- que “mientras los cruceros lleguen, todo está bien”. ¡Ajá! Qué alivio. O sea que, si tú estás en Culiacán, escuchando ráfagas, viendo patrullas sin placas y te llega el olor a pólvora y miedo, no te preocupes, porque el crucero ancló sin problemas en Mazatlán. Eso es lo que realmente importa. El resto son “detallitos” del paisaje sinaloense. Y si no fuera trágico, sería comedia pura: 20 muertos en un solo día en la capital del estado y la secretaria defendiendo el turismo con la lógica de un panfleto de agencia de viajes mal redactado. Porque según su análisis cuatroteísta, si en París hay robos y en Nueva York asaltos, pues ya estamos parejos. Claro, cómo no se nos ocurrió antes: comparar a Culiacán con la Quinta Avenida. Pero vamos entendiendo: la seguridad turística según Mireya no se mide con índices delictivos, percepción ciudadana, ni confianza en las instituciones. No. Se mide por barcos. Si el crucero llega, todo está bien. Si se bajan los turistas a tomarse una foto con el venado de Mazatlán, ya se resolvió el problema del narco en Badiraguato. ¡Brillante! Porque entonces, ¿Para qué gastar en seguridad, capacitación turística o rehabilitación de espacios? Mejor pongamos un muelle en cada pueblo mágico, subamos a los turistas en una chalupa con Wi-Fi, y ¡listo! Sinaloa, destino de clase mundial. Y mientras tanto, los verdaderos tesoros turísticos -como los pueblos mágicos, las rutas de la sierra, el centro histórico de Culiacán- siguen deteriorándose, olvidados, inseguros, y vacíos. Pero eso no importa, porque el discurso es lo que vende, aunque huela a cinismo disfrazado de “optimismo institucional”. La próxima vez que haya un enfrentamiento, un levantón o una balacera, no preguntemos por víctimas. Mejor preguntemos si ya llegó el crucero en Mazatlán…
Paola Gárate: el berrinche del adiós sin aplausos. Y así, sin flores ni discursos de despedida, se esfumó Paola Ivette Gárate Valenzuela, la ex dirigente del PRI en Sinaloa, dejando tras de sí no una renuncia digna, sino un berrinche digno de telenovela política. No fue al registro de la nueva dirigencia… porque, claro, ¿para qué ir a tu propio funeral si ni cafecito te van a dar? Dicen que el que a hierro mata, a hierro muere, pero en este caso fue operación política: la misma jugada que la puso en el trono tricolor se la aplicaron con anestesia… y sin previo aviso. Y Paola, en vez de aguantar vara, optó por el portazo: se fue del partido, de la bancada y hasta de la foto oficial. Ni un “gracias por participar”. ¿Y qué dejó? Una ausencia estridente, que grita más que cualquier comunicado. Porque no se fue en silencio, se fue ofendida. Dolida. Herida por la realidad de que en el PRI ya no hay lealtades eternas, solo relevos estratégicos. El dedazo ya no la favoreció, y eso, para una priista de cepa, duele más que perder una elección. Ni Mario Zamora, su padrino político, movió un dedo para detener la caída. ¿Por qué? Porque en el PRI, cuando las líneas cambian, se obedece sin llorar. Pero Paola sí lloró… por dentro, y a juzgar por su ausencia, también por fuera. Mientras tanto, los nuevos dirigentes se trepan al barco sin saber si están entrando a un buque de guerra o al Titanic tricolor. Se reparten los cargos, se toman la foto, sonríen sin saber que las traiciones en el PRI no se olvidan… se reciclan. Así termina la novela: Paola se va sin abrazos, con las manos vacías y el ego golpeado. Una figura que alguna vez se creyó intocable, hoy se derrumba sin resistencia. Y eso, más que estrategia, es karma político. Porque en el PRI, si no te preparas para la traición, mejor ni entres…
Narcolavado en la banca mexicana. El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos encendió la alarma roja desde Washington contra: CI Banco, Intercam y Vector, instituciones financieras mexicanas poniéndolas en la lista negra por narcolavado y financiamiento al crimen organizado. Pero este golpe no es solo para ellos, es contra todo el sistema financiero mexicano. El mensaje es claro: el dinero sucio está tocando las puertas de la banca formal. La respuesta del gobierno mexicano fue la de siempre: negación exprés, discurso institucional y cero autocríticas. Pero ya no basta con indignarse: Estados Unidos no acusa a la ligera cuando se trata de dinero, terrorismo y cárteles. ¿La consecuencia inmediata? Prohibir transferencias en dólares desde y hacia estas instituciones mexicanas. Esto no es una multa, es el corte de oxígeno del comercio global. Lo más grave es que esto no se queda en tres bancos. Porque si Estados Unidos mira a nuestras instituciones financieras como cómplices, la confianza internacional se evapora, y con ella las inversiones, los créditos y la estabilidad. Mientras tanto, el gobierno sigue viendo para otro lado, el dólar huele a pólvora y la banca mexicana a sospecha…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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