Zapata
La soberanía energética no se administra desde un escritorio contable.
Por Javier Zapata.
En México, cada relevo en la Dirección General de Petróleos Mexicanos se anuncia como el inicio de una nueva etapa. Cambian nombres, discursos, estrategias financieras y promesas de rescate. Pero en plataformas, refinerías, terminales marítimas, hospitales petroleros y campos maduros, el sentimiento sigue siendo el mismo: abandono, desgaste y resignación.
La llegada de Juan Carlos Carpio Fragoso confirma algo que ya parece política de Estado: para este gobierno y el anterior, Pemex dejó de verse como una empresa petrolera y comenzó a administrarse como un problema financiero.

Y ahí está el centro del debate que el poder evita tocar.
Porque una cosa es reducir deuda en papel y otra muy distinta sostener producción, seguridad operativa, mantenimiento industrial y viabilidad energética de un país.
Pemex no es únicamente un balance contable. Pemex es perforación, presión, geología, ductos, refinación, exploración, plataformas, mantenimiento y riesgo técnico permanente. Pemex no se entiende únicamente desde Hacienda ni desde oficinas climatizadas en Ciudad de México. Se entiende en el Golfo, en las refinerías, en los complejos petroquímicos y en los campos que hoy producen mucho menos de lo que producían hace veinte años.
Ahí es donde comienza el cuestionamiento que crece dentro del propio sector petrolero.
¿Puede rescatarse una empresa petrolera sin ingenieros petroleros al mando?
La historia reciente parece responder por sí sola.
Durante el sexenio pasado estuvo Octavio Romero Oropeza, un agrónomo. Ahora llega un perfil financiero. Antes salió un científico especializado en energía. Pero el denominador común permanece: Ningún perfil operativo petrolero encabezando la empresa productiva más compleja del país.
Mientras tanto, la producción continúa debilitándose.
Cantarell, orgullo energético nacional, pasó de producir más de dos millones de barriles diarios en 2004 a apenas una fracción de ello. Ku-Maloob-Zaap enfrenta declinación natural. Las aguas profundas siguen sin consolidarse. Los ductos requieren mantenimiento constante. Las refinerías operan bajo presión financiera y técnica. Y cada peso destinado al pago de intereses significa menos inversión en exploración y producción.
El problema es estructural.
Un financiero puede renegociar deuda. Puede contener gasto. Puede administrar flujo de efectivo. Puede mejorar indicadores para tranquilizar mercados y sostener diálogo con Hacienda.
Pero ningún modelo financiero reemplaza petróleo que ya no sale del subsuelo.
Ninguna hoja de Excel sustituye reservas.
Ningún ajuste presupuestal compensa la falta de inversión técnica sostenida.
Y mientras el gobierno presume reducción de deuda, el trabajador petrolero observa otra realidad: Clínicas sin medicamentos suficientes, plataformas con deficiencias alimentarias, deterioro en transporte, inflación devorando salarios y una creciente sensación de que el sacrificio siempre recae en la base.
Ahí aparece otro nombre que divide profundamente al gremio:
Luis Ricardo Aldana Prieto.
El dirigente nacional del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana representa para muchos trabajadores la continuidad de una estructura sindical inmóvil, distante y desconectada de las necesidades reales del petrolero de base.
Porque mientras la empresa atraviesa crisis financiera y técnica, dentro del sindicato persisten señalamientos sobre falta de transparencia, ausencia de rendición de cuentas y prácticas que históricamente han debilitado la confianza de los trabajadores.
El artículo 373 de la Ley Federal del Trabajo, no es una sugerencia política: Obliga a la dirigencia sindical a rendir cuentas detalladas sobre administración del patrimonio sindical y cuotas.
Sin embargo, el debate vuelve una y otra vez al mismo punto:
¿por qué no existe una transformación profunda también dentro del sindicato?
Porque hablar de rescate de Pemex sin tocar la estructura sindical es hablar de una reforma incompleta.
Y eso lo saben los trabajadores.
Por eso comienzan nuevamente movimientos internos, recolección de firmas y exigencias dirigidas ahora al nuevo director general. Porque en plataformas y secciones sindicales existe un sentimiento acumulado de desgaste institucional.
La percepción crece:
La dirección financiera ajusta gastos, el sindicato guarda silencio y el trabajador absorbe el impacto económico.
Ese contraste es políticamente peligroso.
La narrativa oficial insiste en “soberanía energética”, pero la soberanía no se construye únicamente refinando más, ni centralizando decisiones administrativas. La soberanía energética exige producción sostenible, tecnología, inversión técnica, mantenimiento real y trabajadores dignificados.
Sin eso, el discurso termina convertido en propaganda.
El nuevo director general llega con cercanía política, experiencia administrativa y capacidad financiera. Eso puede ayudar a coordinar apoyos fiscales y contener presiones presupuestales.
Pero el gran problema de Pemex, no es únicamente financiero.
El verdadero problema es que México sigue administrando el agotamiento de su principal empresa energética sin resolver el fondo técnico, operativo y sindical.
Y el tiempo comienza a agotarse.
Porque mientras otros países invierten en modernización energética y tecnología avanzada, México sigue atrapado entre deuda histórica, burocracia política y estructuras sindicales intocables.
La pregunta ya no es solamente quién dirige Pemex.
La pregunta es, si todavía existe voluntad para rescatarlo de verdad.
Porque si la prioridad continúa siendo únicamente sobrevivir sexenios y administrar crisis temporales, entonces la caída productiva seguirá avanzando lentamente hasta convertirse en algo irreversible.
Y cuando eso ocurra, ningún discurso político podrá ocultarlo.
Pemex fue durante décadas símbolo de fortaleza nacional.
Hoy corre el riesgo de convertirse en símbolo de cómo una nación puede perder soberanía energética no por falta de recursos… sino por falta de decisiones de fondo.
Y en medio de esa disputa entre técnicos, financieros, sindicatos y gobiernos, el trabajador petrolero sigue esperando lo mismo desde hace años:
Que alguien gobierne Pemex Pensando primero en Pemex.

