Por Ricardo Reyes.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación validó el polémico Acuerdo de la SEP que prácticamente elimina la reprobación en preescolar, primaria y secundaria, tanto en escuelas públicas como privadas. Bajo el pretexto de “proteger el derecho a la educación” y evitar la exclusión, el gobierno federal ha impuesto la promoción automática, permitiendo que alumnos avancen de grado incluso con serias deficiencias académicas y baja asistencia.
En primaria y secundaria, los estudiantes podrán pasar de año con hasta cuatro materias reprobadas en secundaria, sin necesidad de cumplir el 80% de asistencia. La Corte priorizó el “interés superior de la niñez”, pero críticos advierten que esta medida representa un grave retroceso que sacrifica la calidad educativa en aras de una inclusión superficial y estadística.
Lejos de resolver problemas, esta política agravará el rezago educativo crónico que ya sufre México, especialmente después de la pandemia. Al promover alumnos que no han adquirido los conocimientos básicos, se generan grupos cada vez más heterogéneos donde el maestro debe bajar el nivel para intentar atender a todos, perjudicando gravemente a los estudiantes que sí se esfuerzan.
Esto erosiona valores fundamentales como el esfuerzo, la responsabilidad, el mérito y la resiliencia. Se envía un mensaje peligroso a las nuevas generaciones: no importa si no aprendes, siempre avanzarás. El “daño emocional” de reprobar se evita a costa de crear adultos menos preparados, con menor capacidad crítica y más vulnerables a la manipulación. A largo plazo, esto amenaza la cohesión social y debilita la cultura del trabajo y el logro personal.
La consecuencia más grave será económica y de movilidad social. Un sistema que prioriza la permanencia sobre el aprendizaje real condenará a miles de jóvenes a salir de la escuela con competencias deficientes en lectura, matemáticas y pensamiento crítico. Esto perpetuará los ciclos de pobreza: menos calificación = empleos precarios, informales y mal pagados.
México ya arrastra uno de los peores desempeños educativos de la OCDE. Con esta medida, el rezago se institucionaliza. Analistas advierten que la productividad nacional se verá afectada, la competitividad internacional caerá y el país profundizará su dependencia de mano de obra barata y poco calificada. Lejos de combatir la desigualdad, esta “inclusión aparente” la consolida, ya que los hijos de familias con recursos acudirán a escuelas privadas exigentes o complementarán con clases particulares, mientras los de sectores vulnerables recibirán una educación de baja calidad disfrazada de equidad.
Defensores hablan de mayor permanencia escolar, pero ¿de qué sirve estar sentado en un salón si no se aprende? Es una simulación que infla cifras de cobertura mientras hunde el nivel real de formación.
La decisión de la SCJN y la Nueva Escuela Mexicana consolidan un modelo ideológico que antepone dogmas de “inclusión” sobre la realidad del aula. Sin inversión seria en apoyo pedagógico, docentes mejor capacitados ni evaluación rigurosa, esta política no es humanista: es irresponsable.
Expertos y miles de maestros y padres de familia ven con alarma cómo se sacrifica el futuro de millones de niños mexicanos en nombre de buenas intenciones. Aprobar a todos sin asegurar aprendizajes no resuelve la crisis educativa, la multiplica y la hereda a las próximas generaciones.
México no necesita más simulaciones ni estadísticas maquilladas. Necesita exigencia, calidad y resultados reales. De lo contrario, la “promoción automática” solo asegurará una cosa: la promoción automática de la mediocridad nacional.

