POR CARLOS HARTIG.
El escenario político en Bahía de Banderas ha dejado de ser una disputa de ideologías para convertirse en un expediente de complicidades que apunta directamente al despacho de Héctor Santana. Lo que en el discurso oficial se disfraza de «progreso» y «atracción de inversiones», en la realidad de la calle se traduce como el desmantelamiento sistemático del patrimonio público.
Santana, quien llegó al poder bajo la bandera de la esperanza popular, hoy encabeza una administración que actúa como una oficina de ventas para los grandes consorcios, operando con una voracidad que ha encendido las alarmas no solo en Nayarit, sino en las cúpulas políticas de la Ciudad de México.

El escándalo de Playa Las Cocinas no es un incidente aislado, sino el síntoma de una metástasis institucional. La entrega de una licencia de construcción por 21 millones de pesos en una zona ambientalmente protegida es la prueba de que, para esta administración, el presupuesto y los recursos naturales son mercancías intercambiables. Mientras Santana intenta lavarse las manos en el río de la burocracia federal, el documento con el sello municipal grita una verdad que los bots no pueden callar: su gobierno es el facilitador técnico del despojo. En política, facilitar el daño es tan criminal como ejecutarlo, y el alcalde ha quedado retratado como el portero que abre la casa al saqueador.
La obscenidad administrativa alcanza su punto máximo con la política de condonaciones fiscales que favorece a la élite del golf en Punta de Mita. Es un agravio histórico que, mientras al ciudadano que lucha por pagar su predial se le somete al rigor de la ley y la lentitud burocrática, a los magnates se les perdonen millones de pesos en recargos por orden directa del alcalde. Esta gestión de «guante blanco» para los poderosos y «puño de hierro» para los humildes es la traición más pura a los principios de la Cuarta Transformación. Santana ha creado un municipio de dos castas: los que pagan la fiesta y los que se benefician de ella bajo el amparo de su firma.
Para contener el descontento, la administración ha desplegado una maquinaria de propaganda digital que roza lo esquizofrénico. El uso de granjas de bots y cuentas falsas para inflar la imagen de Santana es un insulto a la inteligencia del electorado. Es patético ver cómo cada crítica legítima es sepultada por una avalancha de elogios prefabricados de «usuarios» que no tienen rostro ni domicilio en el municipio. Esta burbuja de realidad virtual le permite al alcalde dormir tranquilo, pero no evita que, en el mundo real, su autoridad moral se desmorone ante cada bache, cada playa cerrada y cada servicio público colapsado por la falta de inversión.

En la Ciudad de México, el nombre de Héctor Santana ya no suena como el de un líder transformador, sino como el de un activo tóxico que Morena no puede permitirse cargar. La dirigencia nacional sabe que defender a un alcalde señalado por corrupción inmobiliaria es un suicidio electoral en una región tan vigilada por el escrutinio internacional. Los adversarios internos de Santana, con los documentos de las licencias millonarias en mano, ya han trazado la ruta para cerrarle el paso. En política, quien se sirve del poder para enriquecer a terceros termina siendo sacrificado por el mismo sistema que ayudó a alimentar; hoy, Santana es una figura desechable para el centro del país.
La dependencia política que Santana mantiene con el gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero se ha transformado en su jaula de oro. En un momento donde el grupo político del mandatario estatal pierde tracción frente a la renovación de los cuadros nacionales, el alcalde de Bahía se queda sin paracaídas. Se le percibe como un político que, en su afán de quedar bien con el poder económico y estatal, descuidó su único escudo real: el pueblo. Hoy es el «perro de las dos tortas», un paria que ni tiene la confianza plena de la estructura morenista ni conserva el fervor de las colonias que hoy lo ven con sospecha y resentimiento.
El uso de la fuerza y la intimidación contra la prensa que documenta el desastre de Playa Las Cocinas es el último refugio de un gobernante acorralado. Cuando se acaban los argumentos, Santana recurre al silencio forzado, olvidando que en la era de la información, el autoritarismo solo multiplica el eco del escándalo. Los periodistas agredidos y amenazados son hoy los testigos de una gestión que prefiere la sombra de la opacidad a la luz de la transparencia. Un político que teme a las preguntas es un político que ya tiene las manos manchadas, y en Bahía de Banderas, el rastro de la complicidad inmobiliaria es demasiado evidente.
La reelección, que hace meses parecía un trámite para Santana, hoy es un espejismo que se aleja con cada sesión de Cabildo donde se privilegia al capital. La base militante de Morena en el municipio se siente utilizada como carne de cañón para un proyecto que solo beneficia a los desarrolladores de lujo. No habrá acarreo ni entrega de dádivas que alcance para borrar la percepción de que Santana es el alcalde de los hoteles y no de los ejidos. El divorcio entre la cúpula municipal y la base social es absoluto, y esa es una herida que no se cura con spots de Facebook ni con pasteles regalados.
Incluso la amenaza de migrar a otro partido es recibida con indiferencia o burla. El estigma de ser el «mercader de las playas» lo perseguirá sin importar las siglas que lo postulen. Ninguna marca política querrá heredar el desprestigio de una gestión que ha permitido la destrucción de ecosistemas y el trato preferencial a los evasores fiscales de cuello blanco. Santana ha quemado sus puentes y hoy se encuentra varado en una isla de poder ficticio, rodeado de funcionarios leales pero deslegitimados, esperando un milagro político que la realidad administrativa le niega sistemáticamente.
Bahía de Banderas merece una autoridad que no vea el territorio como un botín de guerra inmobiliario. La caída de Héctor Santana es la crónica de una ambición que no supo medir el peso de la dignidad ciudadana. Su administración quedará registrada en la historia local como el periodo donde el interés privado se sentó en la silla del alcalde, dictando sentencias y condonaciones mientras el pueblo quedaba fuera del paraíso que él mismo ayudó a construir. La fachada de «hombre cercano» se ha caído, dejando ver al burócrata frío que negocia el futuro de las próximas generaciones a cambio de una licencia de construcción.
Finalmente, el tiempo de la simulación ha terminado. Héctor Santana se enfrenta ahora al juicio de una opinión pública nacional que no perdona la traición a los ideales de austeridad y honestidad. Podrá seguir comprando «likes» y operando con sus bots, pero en el conteo final de la historia política, su nombre quedará ligado al despojo de Bahía. El «alcalde de los desarrollos» ha cavado su propio foso político, y lo ha hecho con la misma pala con la que permitió que enterraran el acceso público a nuestras playas. Es el fin de una era de engaño, aunque le duela a él y a su costosa granja de aplaudidores digitales.

