Macaco
Por Ramón Álvarez García.
En tiempos donde la incertidumbre climática marca la agenda pública, la prevención se vuelve una obligación, no un discurso. En ese sentido, el gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero ha optado por convocar a autoridades federales, estatales y municipales, así como a cuerpos de protección civil, bomberos y especialistas en climatología, en un intento por anticiparse a los embates de la próxima temporada de fenómenos naturales. La intención parece clara: coordinar esfuerzos antes de que las emergencias rebasen la capacidad de reacción. Habrá que ver si esta estrategia se traduce en acciones concretas o queda, como tantas veces, en reuniones protocolarias.
Pero mientras desde el gobierno se habla de responsabilidad, al interior del movimiento que lo respalda —Morena— la narrativa de sus principios fundacionales parece desmoronarse. El “no mentir, no robar, no traicionar” se ha convertido, para muchos, en una consigna vacía. Las disputas internas, los señalamientos selectivos y el uso político de la justicia exhiben una doble moral que ya no pasa desapercibida. Cuando se trata de adversarios, el discurso exige castigo inmediato; cuando los señalados son propios, la exigencia muta en cautela y solicitudes de pruebas. Esta inconsistencia comienza a erosionar la credibilidad de un proyecto que prometía ser distinto.
En Bahía de Banderas, el llamado del alcalde Héctor Santana a no politizar el tema de las cocinas comunitarias parece llegar tarde, pero es necesario. El programa, que debería centrarse en atender necesidades sociales, ha sido arrastrado al terreno de la disputa política. Actores oportunistas han intentado capitalizar el tema para posicionarse, desviando la atención de lo verdaderamente importante: los beneficiarios. La petición del edil apunta a frenar la manipulación, aunque el daño mediático ya está hecho.
Y es precisamente en este municipio donde la efervescencia política comienza a desbordarse. Aspirantes de todo tipo —sin distinción de género o trayectoria— han iniciado una promoción anticipada que raya en el descaro. Regidores organizando festejos, funcionarios utilizando recursos públicos para proyectar su imagen y figuras recicladas que insisten en mantenerse vigentes, configuran un escenario donde la ambición parece no tener límites. Algunos, incluso, repiten en el cargo sin resultados tangibles, pero con intacto apetito de poder.
El problema no es la aspiración legítima, sino los métodos. Cuando el presupuesto público se convierte en herramienta de promoción personal, la línea entre servicio y oportunismo se difumina peligrosamente. Y mientras tanto, la ciudadanía observa, cada vez con menos paciencia, cómo los mismos nombres buscan perpetuarse en el poder, ignorando las críticas y apostando al desgaste de la memoria colectiva.
En Bahía, como en buena parte del país, la política sigue debatiéndose entre la simulación y la realidad. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse ese equilibrio sin que termine por romperse.

