Por Javier Zapata.
En México, la historia de las desapariciones no solo se escribe en expedientes. Se escribe en la tierra removida, en las varillas que perforan el suelo y en las manos de quienes aprendieron a buscar sin que nadie les enseñara. En Nayarit, esa historia tiene nombre: Colectivos.

Pero entender lo que hoy está ocurriendo exige mirar su evolución. Porque los colectivos no nacieron como actores políticos. El Estado los convirtió en eso.
I. El origen: buscar solos;
Todo comienza en el abandono.
Familias que acuden a denunciar y encuentran puertas cerradas, investigaciones lentas y respuestas vacías. En ese primer momento, no hay organización, ni estrategia. Hay dolor. Hay urgencia. Hay una decisión inevitable: salir a buscar.
Ahí, el Estado ya falló.
II. La organización: aprender a buscar;
Con el tiempo, el dolor se convierte en método.
Las familias se agrupan. Comparten información. Aprenden técnicas rudimentarias: El uso de varillas, la lectura del terreno, la identificación de indicios. Sin presupuesto, sin protección, sin formación institucional, comienzan a hacer lo que las autoridades debieron hacer desde el primer día.
“No es colaboración. Es sustitución”.
En esta etapa, las instituciones aún intentan mantener una narrativa de control. Pero la realidad es otra: Las búsquedas más relevantes comienzan a depender de los colectivos.
III. La acción: evidenciar al Estado.
Después viene el punto de quiebre.
Los colectivos dejan de buscar en silencio. Comienzan a documentar. A señalar. A evidenciar inconsistencias, omisiones y limitaciones en los procesos oficiales. Denuncian accesos restringidos, búsquedas incompletas, información fragmentada.
“Y el discurso institucional empieza a fracturarse”,
Porque ya no se trata de percepciones. Se trata de hechos observados en campo.
IV. La incidencia: Exigir responsabilidades de quienes simulan, omiten y diseñan discurso vacíos”.
Hoy, Nayarit está en otra fase.
Los colectivos han cruzado la última línea: La de la exigencia directa. Auditorías forenses. Rendición de cuentas. Remoción de funcionarios. Ya no piden ser escuchados. Exigen que se actúe.
“Este cambio, no es menor”.
Cuando un colectivo llega a este punto, significa que la confianza institucional no solo se erosionó: desapareció.
Y cuando la confianza desaparece en materia de desapariciones, el problema deja de ser operativo. Se convierte en una crisis de legitimidad.
V. La advertencia: lo que sigue;
Lo que ocurre en Nayarit, no es un hecho aislado. Es un patrón que ya se ha visto en otras entidades del país y que siempre sigue la misma ruta: abandono, organización, confrontación y escalamiento.
Hoy, ese escalamiento ya es visible.
Los colectivos no solo inciden en lo local. Comienzan a proyectarse a nivel nacional e internacional. Buscan interlocución más allá de las instituciones estatales porque consideran, con razón o sin ella, que estas han sido rebasadas.
Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser contenido.
Se expone.
Se documenta.
Se internacionaliza.
VI. El fondo del problema;
El Estado mexicano sigue cometiendo el mismo error: medir su desempeño en función de procedimientos, no de resultados.
Pero los colectivos, no miden así.
Ellos miden en hallazgos.
En identificaciones.
En respuestas.
Y bajo ese estándar, la evaluación es contundente.
Los colectivos en Nayarit, no son el problema. Son la consecuencia.
Consecuencia de omisiones acumuladas.
De investigaciones incompletas.
De instituciones que llegaron tarde o no llegaron.
Hoy son el actor más legítimo en la búsqueda de personas desaparecidas en el estado. Y también el más incómodo.
Porque donde el Estado habla de avances, ellos muestran ausencia.
Donde el Estado habla de coordinación, ellos evidencian vacío.
Donde el Estado pide confianza, ellos exigen resultados.
“Voz en Guardia”, no interpreta: observa.
Y lo que hoy observa en Nayarit es claro:
“Los colectivos evolucionaron”.
“Las instituciones, no”.

