Por Ricardo Reyes.
En México, la lucha diaria por sobrevivir se ha vuelto más evidente: mientras el salario mínimo presume incrementos históricos, la realidad en los hogares cuenta otra historia, donde la canasta básica sigue devorando gran parte del ingreso de los trabajadores.
Actualmente, el salario mínimo general se ubica en 315.04 pesos diarios, lo que representa cerca de 9,500 pesos mensuales. No obstante, este monto dista de ser suficiente frente al costo real de los productos y servicios esenciales.
De acuerdo con estimaciones recientes, la canasta básica —que contempla alimentos y gastos indispensables— alcanza los 4,900 pesos mensuales en zonas urbanas, mientras que en áreas rurales ronda los 3,500 pesos. A simple vista podría parecer que el ingreso alcanza, pero la realidad es otra cuando se considera que estos gastos son por persona y no por familia.

En el caso de la canasta alimentaria, es decir, únicamente comida, el costo ya supera los 2,500 pesos mensuales por persona en ciudades, lo que evidencia que una familia promedio necesita multiplicar ese gasto para poder subsistir.
A esto se suma el monitoreo de precios realizado en mercados y supermercados, donde una canasta básica de apenas 24 productos puede costar entre 800 y 950 pesos por semana, reflejando el impacto constante de la inflación en alimentos esenciales como huevo, tortilla, jitomate y carne.
Bajo este panorama, especialistas advierten que el salario mínimo no cubre realmente las necesidades básicas de una familia mexicana. En muchos casos, se requiere más de un ingreso para solventar gastos elementales, lo que deja en evidencia una brecha persistente entre el discurso oficial y la realidad económica.
En los hechos, un trabajador que percibe el salario mínimo destina más de la mitad de su ingreso únicamente a la alimentación, quedando con recursos limitados para cubrir vivienda, transporte, salud o educación.
Aunque el gobierno ha impulsado incrementos salariales en los últimos años, el encarecimiento sostenido de los productos básicos ha diluido ese avance. La inflación alimentaria continúa siendo uno de los principales factores que golpean directamente a los sectores más vulnerables.
En estados como Nayarit, donde gran parte de la población depende de ingresos limitados, la situación se agrava, obligando a las familias a ajustar su consumo, reducir porciones o incluso endeudarse para cubrir lo indispensable.
La narrativa oficial habla de recuperación del poder adquisitivo, pero en la práctica, millones de mexicanos siguen enfrentando una pregunta cotidiana: ¿alcanza el dinero para comer?
La respuesta, cada vez más clara en mercados y hogares, apunta a una misma conclusión: en México, el salario mínimo ha dejado de ser sinónimo de bienestar para convertirse en una medida apenas suficiente para sobrevivir.

