Por Ricardo Reyes.
En México no estamos frente a un problema juvenil: estamos frente a un fracaso institucional. Cada adolescente que hoy delinque no es únicamente un caso individual, es el reflejo de un Estado que llega tarde, mal y nunca. La narrativa oficial insiste en hablar de “reinserción” y “prevención”, pero en la práctica lo que existe es abandono, simulación y una preocupante normalización de la violencia desde edades cada vez más tempranas.
La realidad es incómoda: miles de adolescentes no están “en riesgo”, ya están dentro de circuitos delictivos. Y no por casualidad. El crimen organizado ha entendido mejor que el propio gobierno cómo operar en las zonas más vulnerables: recluta, adoctrina y utiliza a menores como carne de cañón, sabiendo que el sistema penal para adolescentes es débil, saturado y, en muchos casos, ineficaz.
¿Y el Estado? Reacciona con discursos. Presume programas sociales sin evaluación real, centros de internamiento sin capacidad y políticas públicas desconectadas de la realidad en colonias donde la violencia no es excepción, sino rutina. La prevención se ha convertido en un eslogan vacío.
El sistema de justicia para adolescentes fue concebido bajo un enfoque garantista y de derechos humanos, lo cual es correcto en el papel. El problema es que, sin recursos, sin seguimiento y sin coordinación, ese modelo se ha quedado en buenas intenciones. Hoy, la reincidencia es un secreto a voces y la reinserción efectiva, una excepción.
Peor aún, la falta de consecuencias claras envía un mensaje peligroso: delinquir siendo menor de edad sale barato. Esa percepción, combinada con la presión del entorno y la falta de oportunidades, termina por consolidar carreras criminales desde la adolescencia.
Hablar de adolescentes en conflicto con la ley sin hablar de pobreza, desintegración familiar, abandono escolar y violencia estructural es simplemente maquillar el problema. En muchas regiones del país, crecer rodeado de criminalidad ya no es una anomalía, es la norma.
Pero atender esas causas implica inversión real, coordinación interinstitucional y, sobre todo, voluntad política. Y ahí es donde todo se desmorona. Porque es más fácil inaugurar programas que no funcionan que transformar de fondo comunidades enteras.
Existe una doble moral que resulta alarmante: se criminaliza al adolescente, pero se ignora el contexto que lo formó. Se habla de “rescatar jóvenes”, pero no se rescatan sus entornos. Se anuncian estrategias, pero no hay resultados medibles.
Mientras tanto, las cifras pueden maquillarse, pero la percepción social es clara: hay más violencia, más jóvenes involucrados y menos respuestas efectivas. La desconexión entre el discurso oficial y la realidad en las calles es cada vez más evidente.
Si no se corrige el rumbo, México no solo enfrentará un problema de seguridad, sino una crisis generacional. Una juventud atrapada entre la precariedad y el crimen no es sostenible para ningún país.
La pregunta ya no es si el Estado puede revertir esta situación, sino si realmente quiere hacerlo. Porque hasta ahora, todo indica que administrar el problema es más rentable políticamente que resolverlo.
Y mientras tanto, los adolescentes siguen cayendo. No por elección, sino por omisión.

