Por Ricardo Reyes.
Hoy se cumplen 20 años de una de las tragedias mineras más dolorosas y emblemáticas en la historia de México: el desastre en la mina Pasta de Conchos.
En la madrugada del 19 de febrero de 2006, alrededor de las 2:30 horas (tiempo del centro), una explosión provocada por la acumulación de gas metano sacudió la Mina 8 de la Unidad Pasta de Conchos, ubicada en el municipio de San Juan de Sabinas, Coahuila, cerca de Nueva Rosita. La mina, operada por Grupo México, sepultó a 65 mineros que realizaban el turno nocturno.
De los 73 trabajadores presentes en ese momento, solo 8 lograron salir con vida, varios de ellos con quemaduras graves. Los 65 restantes quedaron atrapados bajo toneladas de escombros, en galerías colapsadas donde las temperaturas alcanzaron niveles extremos y los gases tóxicos consumieron el oxígeno disponible.
Solo dos cuerpos pudieron recuperarse en los días posteriores a la explosión: uno cerca de la entrada, víctima de la onda expansiva y las llamas, y otro a unos 100 metros de profundidad. Los otros 63 quedaron sepultados en lo que muchos familiares y organizaciones han calificado como una tumba subterránea.
A dos décadas del siniestro, el panorama muestra algunos progresos, pero también una herida abierta:
- Desde el relanzamiento de las labores de búsqueda y rescate (impulsadas especialmente a partir de 2021-2022), se han recuperado restos de 25 mineros.
- De ellos, 23 ya han sido identificados mediante pruebas genéticas y entregados a sus familias, permitiendo al menos un cierre parcial para decenas de hogares.
Sin embargo, aún restan 38 cuerpos por recuperar, y muchas familias continúan exigiendo justicia plena, no solo en términos de rescate, sino también de responsabilidad por las condiciones de inseguridad que prevalecían en la mina mucho antes de 2006 (reportes de fallas desde el año 2000).
Organizaciones como Familia Pasta de Conchos, el Centro Prodh y defensores de derechos humanos han mantenido una lucha incansable ante instancias nacionales e internacionales, incluyendo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Han denunciado impunidad, negligencia empresarial y la decisión inicial de suspender el rescate por considerarlo “de alto riesgo y costo”.
Cada 19 de febrero, familiares, sobrevivientes (como Fermín Rosales, quien escapó por un desperfecto mecánico que le impidió entrar esa noche), organizaciones civiles y comunidades de la Región Carbonífera se reúnen para recordar a las víctimas y exigir:
- El rescate digno de los restos restantes.
- Condiciones laborales seguras en las minas de carbón.
- Sanciones efectivas contra las omisiones que facilitaron la tragedia.
Pasta de Conchos no es solo un capítulo cerrado de la historia minera mexicana; es un recordatorio permanente de los costos humanos de la negligencia industrial y de la persistente lucha por dignidad, verdad y justicia en uno de los sectores más riesgosos del país.
A 20 años, la herida sigue abierta, pero la memoria y la demanda de verdad permanecen vivas.
