Zacatecas: El Evangelio según San Saúl y la Piedra de Tropiezo.

Por Miguel Vargas Mendoza.


Dicen los que saben de arquitectura política que para que un edificio se mantenga en pie, la piedra angular debe ser sólida. Sin embargo, en la accidentada geografía de Zacatecas, la «piedra angular» del clan Monreal —encarnada hoy en el senador Saúl— parece haber mutado en una piedra de tropiezo. Y no cualquier tropiezo, sino uno que amenaza con fracturar el ya de por sí desgastado cimiento de una dinastía que confunde la «voluntad popular» con el «derecho de sangre».


Es fascinante, por no decir tragicómico, observar la contorsión retórica de Saúl Monreal. Con una mano sostiene la bandera de la Cuarta Transformación y con la otra se aferra al testamento político de una familia que ha hecho de Zacatecas su parcela privada. Su argumento es de una inocencia que raya en el cinismo: «Yo no soy David» (gracias al cielo, dirían algunos zacatecanos) y «mis derechos constitucionales están por encima de cualquier lineamiento».


Vaya joya jurídica. Resulta que, para el benjamín de la dinastía, el «derecho humano a ser votado» es, en realidad, el «derecho familiar a no soltar la ubre».


Lo que Saúl parece no procesar —quizás obnubilado por el incienso de sus propios colaboradores— es que la Presidenta de la República ya no habla en parábolas. La instrucción de Palacio Nacional sobre el nepotismo fue un manotazo en la mesa, no una sugerencia de café. Cuando la mandataria dice que «está joven y puede esperar seis años», no le está dando un consejo de vida; le está marcando la salida de emergencia antes de que el choque contra el muro del partido sea total.


Pero el «monrealato» padece de una sordera selectiva. Han vivido tanto tiempo del erario —entre senadurías, gubernaturas, diputaciones y alcaldías— que han llegado a creer que el apellido es un título nobiliario y no una carga política que ya apesta a naftalina. La ironía se cuenta sola: Saúl se presenta como el «rebelde» de la familia, el que reta al centro, cuando en realidad es el síntoma más agudo del mal que Morena juró erradicar.


Como fundadores de este movimiento, nos vendieron la idea de que la política no era una herencia inmobiliaria. Hoy, Saúl es la pieza que confirma la ruptura. Al desafiar la línea presidencial, no solo exhibe su ambición; expone la fragilidad de un apellido que ya no suma, sino que resta. La dinastía Monreal, que alguna vez fue el motor de la izquierda en el norte, hoy es el lastre que obliga a la 4T a decidir entre sus principios o sus caciques.


Zacatecas no es un feudo, aunque el árbol genealógico de los Monreal intente cubrir todo el mapa. Saúl insiste en que «el pueblo decidirá», pero olvida que el pueblo también se cansa de ver las mismas caras en diferentes boletas. Si él decide ser la piedra angular de la ruptura, que sepa que las ruinas del edificio que construyeron sus hermanos le caerán encima primero a él.

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