Por Carlos Avendaño.
“Nos arrebataron a un gran joven”, escribió la academia de básquetbol Águilas. Y esta frase pesa más que cualquier boletín oficial. Ricardo Mizael López Cebreros tenía solo 16 años. Era una estudiante de preparatoria, era un basquetbolista, amaba a los animales y soñaba con ser veterinario. Unos días antes había rescatado unos gatitos de la calle. El día que lo asesinaron salió a buscar biberones para alimentarlos. Esta era su “peligrosidad”. En el sector Los Ángeles, al norte de Culiacán, se topó con hombres armados que circulaban en un vehículo sospechoso, pero él corrió y le dispararon. Así de simple, así de brutal. Después vino lo predecible. La versión que intentó instalarse por parte de las autoridades: que iba en una motocicleta, que era “puntero”. Que algo habría hecho o que algo debía. Pero la familia salió de inmediato a desmentir con indignación legítima. No iba en moto, no estaba vinculado a ningún grupo. Era un adolescente y punto. En Sinaloa, cuando matan a un joven, lo primero que se asesina es su reputación. Es un mecanismo casi automático: sembrar duda para sembrar indiferencia. Porque si la víctima “algo debía”, entonces la sociedad respira con alivio: “fue otro cualquiera, no fue mi hijo, no fue mi hermano”. Pero el sol no se tapa con un dedo. Ricardo Mizael no estaba en una guerra, sino que la guerra estaba en la calle. Y en esta tierra, la línea entre el conflicto criminal y la vida cotidiana desapareció hace tiempo. Hoy la pregunta no es técnica ni jurídica, es moral: ¿Cuál fue el delito de este joven? ¿Rescatar unos gatitos? ¿Correr para salvarse? ¿Vivir en Sinaloa? Hablar de “negligencia criminal” implica una responsabilidad legal que corresponde investigar y probar. Pero lo que sí es evidente es el deterioro de la seguridad, la incapacidad de garantizar espacios mínimos de protección y la tendencia a explicar antes de esclarecer. Cada joven asesinado erosiona algo más que una estadística. Eso erosiona la confianza, la esperanza y la idea misma de futuro. Y mientras las autoridades administran versiones, las familias entierran hijos. Nos estamos acostumbrando a esto: a la bala que interrumpe la adolescencia, al comunicado que relativiza, al rumor que mancha, al silencio que sigue. No porque lo diga una consigna, sino porque si la sociedad sigue normalizando que un muchacho de 16 años pueda morir por cruzarse en el camino equivocado, entonces el problema no es solo de seguridad, es de Estado. Que la indignación no dure lo que dura la nota. Que el nombre de Ricardo Mizael no se diluya en la estadística. Porque cuando la violencia empieza a parecernos rutina, lo que está en riesgo no es solo la vida, es la humanidad. Ya estuvo bueno. Alto a la violencia. Queremos vivir en paz…
Carta del papá de Ricardo Mizael. Todos los que conocen a mi esposa saben que es una mujer llena de luz y de alegría. Noble, buena, de esas personas que iluminan cualquier lugar al que llegan. Por eso la admiro. Por eso la elegí como compañera de vida. Hoy le arrebataron una parte de su corazón. Le arrebataron a su hijo: Ricardo Mizael quien tenía solo 16 años. Muchos dirán que era un adolescente. Pero quienes lo conocían saben que todavía era un niño. Yo intentaba tratarlo como joven, enseñarle a crecer, pero su mamá seguía viéndolo como su “bebé”, porque era inocente, sin malicia, con esa bondad que hoy parece tan frágil. Es fácil hablar, es fácil preguntarse: “¿En qué andaría?”, “¿Qué estaría haciendo?”. Pero mi hijo solo iba a comprar un biberón para unos gatos que había rescatado de la calle. Se fue caminando porque yo estaba trabajando. Eran las 10 de la mañana, a plena luz del día, en menos de una hora entraba a la preparatoria. Tenía planes, tenía rutina, tenía vida. Nos dijeron que fue una confusión, que lo confundieron, pero una confusión no devuelve a un hijo. Una confusión no reconstruye a una madre que hoy siente que le arrancaron el alma. Ahora entendemos el dolor que viven tantas familias en Culiacán. Ese dolor que uno ve en las noticias y piensa que nunca tocará su puerta, hasta que la toca. Cuando llegaron los oficiales, mi desesperación fue evidente. Solo pregunté de qué sirve que lleguen después, cuando cualquiera puede asesinar y marcharse sin consecuencia inmediata. Pregunté desde el dolor, desde la impotencia de un padre que acaba de perder a su hijo. No busco confrontación, busco respuestas, busco justicia, busco que nadie más tenga que escribir algo así. Mi hijo no estaba haciendo nada, nada más que vivir, nada más que ayudar a unos animales indefensos, nada más que ir a la escuela. Hoy no solo perdimos a un hijo, perdimos futuros abrazos, futuras conversaciones, futuros sueños que apenas empezaban a dibujarse. Que descanse en paz, mi hijo: Ricardo Mizael…
112 millones de dólares. Esa es la cifra que, según datos oficiales, se destinó en 2025 para cubrir alimentación, hospedaje y transportación de médicos cubanos en México. La pregunta no es menor. En un país con hospitales que reportan falta de insumos, clínicas sin medicamentos y personal de salud mexicano que denuncia rezagos salariales y condiciones precarias, el debate no puede reducirse a consignas ideológicas. Tiene que centrarse en prioridades. ¿Era indispensable ese gasto? ¿Se transparentaron completamente los contratos? ¿Se evaluó el costo-beneficio frente a fortalecer la plantilla nacional? No se trata de descalificar a profesionales de la salud por su nacionalidad. Se trata de exigir claridad en el uso del dinero público. Porque 112 millones de dólares no son una cifra simbólica. Son recursos que provienen de los contribuyentes. Son recursos que podrían destinarse a infraestructura hospitalaria, medicamentos, capacitación o contratación de médicos mexicanos en zonas marginadas. Cuando el sistema de salud aún enfrenta carencias estructurales, cualquier gasto de esta magnitud debe explicarse con absoluta transparencia. Y ante cifras así, inevitablemente resuena aquella frase de Marco Antonio Solís, “El Buki”: “A dónde vamos a parar”. La respuesta más que poética, debería ser técnica, financiera y sobre todo, pública…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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