Por Carlos Hartig.
Mientras al pueblo trabajador le arriman doblada la pesada carga de los impuestos y le dejan la economía familiar bien empinada y mirando al suelo, hay personajazos de la alta burocracia que prefieren ponerse siempre en una posición mucho más cómoda para recibir el beneficio enterito por detrás… del presupuesto público. Tal es el descarado y soberbio caso de Fernando Méndez, el frondoso y sumamente bien amamantado asesor de cabecera de Héctor Santana, quien además arrastra un negro historial como excolaborador en la saqueadora administración de Roberto Sandoval Castañeda. Este cínico espécimen de la fauna política local fue captado dándose una vida de magnate en un exclusivo hotel de Bahía de Banderas, demostrando con singular alegría que para gozar de los mejores lujos en la Riviera Nayarit solo se necesita dominar una disciplina: el sutil arte de ser un «aviador» de alto vuelo, de esos que jamás trabajan, pero cómo les encanta que les depositen el dinero calientito y sin escalas directo en sus cuentas mientras ellos solo se dedican a rascarse a dos manos.
La indignante postal filtrada en redes no deja absolutamente nada a la imaginación ni al respeto por el contribuyente nayarita, mostrando al susodicho metido hasta el pescuezo en las tibias burbujas de un jacuzzi privado, operando con la total impunidad que da la complicidad política. Con una mirada fija y desbordante de cinismo, Méndez sostiene con firmeza un trago con el que parece brindar a la salud de todos los pendejos que se levantan de madrugada para cumplir puntualmente con sus gravámenes fiscales y mantenerle sus vicios. El descaro de la escena es de un tamaño verdaderamente monumental, pues mientras la ciudadanía común se la pasa estirando el raquítico gasto para ver si les alcanza, este asesor prefiere estirar las piernas, abrir los brazos y dejarse consentir por los excesos que el erario le patrocina. En los pasillos políticos ya se comenta con muchísima saña y picardía que a Fernando le fascina que le dejen caer todo el peso del dinero público, sobre todo si es para ablandar el bolsillo del pueblo y demostrar que a él le gusta que le arrimen todo directamente en la boca sin tener que sudar una sola gota de la camiseta.
Por si fuera poco su tierno y costoso descanso playero, este infatigable parásito del teclado se la pasa pegado día y noche a las redes sociales, operando como un feroz y rabioso perro de ataque contra cualquiera que se atreva a cuestionar, criticar o simplemente dudar de los turbios movimientos y promesas de su actual patrón, Héctor Santana. Sin embargo, los analistas y conocedores de la política regional saben perfectamente que tanto brinco, tanto insulto y tanta defensa desmedida no es por amor al arte ni por convicción democrática; responde más bien a que ya se le está haciendo agua la boca al saborear el inmenso botín que representaría colarse nuevamente en las entrañas del Gobierno del Estado para saquear lo que queda. El plan maestro de esta fina camarilla es volver a meterse doblados hasta la cocina junto con Luis Apaseo y otros exfuncionarios de la más pura cepa robertista, personajes que ya extrañan en demasía las mieles de la corrupción y están hambrientos por ocupar esos puestos clave donde se puede succionar a manos llenas, por delante y por detrás, sin que nadie les ponga un freno.
La polémica imagen capturada en el paradisíaco complejo de Bahía de Banderas resulta tan grotesca como ofensiva para la moral pública, pues el mencionado asesor exhibe sin el menor pudor una anatomía sumamente generosa que refleja fielmente los excesos y las mañas de vivir colgado perennemente de la nómina oficial. Con el pecho completamente descubierto, vello abundante y las carnes flotando plácidamente en el agua, los críticos más agudos de la zona ya andan diciendo abiertamente que a este funcionario se le nota a leguas lo mucho que le encanta «mamá-r» de la ubre presupuestal de manera insaciable, vigorosa y hasta dejarla seca. De hecho, luce una silueta tan inflada, rolliza y abultada que bien podría confundirse con la figura de una perra recién parida, perfectamente lista y dispuesta para amamantar a toda la camada de parásitos, vividores y allegados que se la pasan viviendo a expensas de las costillas ajenas. Se nota que el dinero público ha resultado ser un excelente y nutritivo alimento para su cuerpo, pues lo ha dejado bien rozagante, frondoso y con ganas de que le sigan arrimando el botín gubernamental para mantenerse bien gordo.
Este descarado despliegue de opulencia vuelve a encender de inmediato las alertas rojas en la prensa escrita y en la opinión pública local, pues resulta evidente que la ambición de estos asesores de la vieja guardia no tiene llenadero y siempre están buscando la forma de acomodarse por detrás del poder político para asegurar su jugosa y millonaria tajada. Mientras el ciudadano de a pie debe conformarse con ver las bellezas de la Riviera Nayarit únicamente a través de postales o pantallas, Fernando Méndez y su grupo compacto nos recuerdan con su ejemplo que en la política regional el que no vuela simplemente se queda abajo, consolidando la figura del «aviador» como el empleo idóneo para enriquecerse a la sombra de los tontos que sí trabajan. La ciudadanía observa con profunda molestia e impotencia cómo estos personajes se preparan para el asalto definitivo al presupuesto, acechando los recursos públicos con el único y miserable fin de garantizar que sus privilegios personales no sufran el menor rasguño mientras el estado se hunde en las deudas.
Finalmente, el panorama que se vislumbra para las finanzas de la región obliga a una seria y severa reflexión sobre el verdadero costo de mantener a esta clase de parásitos incrustados en las estructuras gubernamentales que deberían servir a la sociedad y no a los caprichos de unos cuantos hampones. Fernando Méndez encarna a la perfección esa vieja e impune práctica donde el cinismo, la simulación y la flojera son premiados con estancias de lujo, tragos caros y total protección frente al reclamo social que exige transparencia. La moneda está en el aire y la advertencia está hecha; con asesores que prefieren flotar en el agua tibia antes que aportar una sola idea productiva, queda claro que el verdadero truco de su éxito consiste en esperar pacientemente el momento exacto para volver a prenderse con fuerza de la ubre estatal, estirar las piernas y seguir disfrutando del calorcito financiero que solo los impuestos de los ciudadanos trabajadores les pueden otorgar.

