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La normalización del horror  en un país  donde la política se vuelve “grilla”. 

Por Armando J. García.

Hay una diferencia enorme entre la política y la grilla.

La política nace para construir acuerdos, fortalecer instituciones y resolver los problemas de una nación. La grilla, en cambio, nace para administrar intereses, repartir favores y conservar cuotas de poder.

El problema es que México lleva tanto tiempo viviendo bajo la lógica de la grilla que una parte de la sociedad ha comenzado a confundirla con la política.

Y ahí comienza uno de los mayores riesgos para cualquier democracia.

Hoy en día, los  derechos se presentan como favores, ya que un gran sector de la ciudadanía considera que hay que agradecerle al gobierno por tener o ser parte de un programa social. La ciudadanía deja de comportarse como una comunidad de ciudadanos y comienza a actuar como una red de dependencias.

Poco a poco se instala una idea peligrosa: que los apoyos públicos no son derechos financiados por los contribuyentes, sino concesiones generosas otorgadas por quienes gobiernan.

Y cuando eso ocurre, el voto deja de ser una herramienta de evaluación ciudadana para convertirse en una moneda de gratitud política.

Las obligaciones que el Estado debería cumplir por mandato constitucional desaparecen.

Sin embargo, el problema va mucho más allá de los programas sociales.

Lo verdaderamente preocupante es la fragmentación de la vida pública.

México  sigue atrapado en la  dinámica donde distintos grupos políticos, sindicales, ideológicos y electorales defienden sus propios intereses con más intensidad de la que defienden el interés nacional.

La nación se vuelve secundaria; las tribus se vuelven prioritaria.

Y cuando las tribus dominan la política, deja de buscar soluciones y comienza a fabricar enemigos.

Quizá por eso vivimos tiempos tan extraños.

El país enfrenta desafíos que deberían ocupar el centro de toda agenda nacional; gran parte de la discusión pública continúa atrapada en la confrontación permanente.

Lo extraordinario ha comenzado a parecer normal.

Y eso debería alarmarnos. Creer que el gobierno mantiene una aceptación 

por arriba del 50% a pesar de los males que hay en el país, eso es normalizar la desgracia que hay, conformándose con la grilla y de un mundial que parece más importante.

Cuando las desapariciones se convierten en estadística.

Cuando la violencia se convierte en rutina, el miedo se convierte en costumbre y el horror deja de sorprender.  Todo país queda atrapado en narrativas.

Pero ninguna narrativa puede sustituir indefinidamente a la realidad.

Quizá el verdadero desafío de México no sea únicamente combatir la pobreza, la violencia o la corrupción.

Quizá el desafío más urgente sea recuperar la capacidad de distinguir entre derechos y favores.

Entre ciudadanía y dependencia y  entre política y grilla.

Y entonces, querido lector, la pregunta se convierte en algo mucho más profundo:

¿Qué clase de país estamos construyendo, conocedor de la política o aprendiz de la guilla?

https://youtu.be/fsy-jnXk9No?si=BCRC-TdrTULRxM26

Armando
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