Por Ricardo Reyes.
La discusión sobre la obligatoriedad del registro biométrico de los ciudadanos y la vinculación de datos personales con las líneas telefónicas ha reavivado un debate fundamental en México: ¿hasta dónde puede llegar el Estado en nombre de la seguridad sin afectar derechos fundamentales como la privacidad, la protección de datos personales y la libertad individual?
La propuesta de crear bases de datos que concentren información biométrica —huellas dactilares, reconocimiento facial, iris y otros identificadores únicos— junto con los registros de telefonía móvil, es presentada por las autoridades como una herramienta para combatir delitos como la extorsión, el secuestro y el fraude telefónico. Sin embargo, especialistas en derecho constitucional, protección de datos y organismos civiles advierten que la medida podría representar riesgos significativos para millones de mexicanos.
La Constitución mexicana reconoce el derecho a la protección de datos personales y a la privacidad. Diversos expertos sostienen que obligar a los ciudadanos a entregar información biométrica para acceder a servicios básicos de comunicación podría considerarse una medida desproporcionada.
Los datos biométricos son considerados información altamente sensible debido a que son permanentes e irrepetibles. A diferencia de una contraseña, una huella digital o el patrón facial no pueden modificarse si llegan a filtrarse o ser utilizados de manera indebida.
«Cuando una base de datos biométrica es vulnerada, el daño puede ser irreversible para los ciudadanos», han señalado organizaciones defensoras de derechos digitales en diversas ocasiones.

La polémica no es nueva. En 2022, la Suprema Corte de Justicia de la Nación invalidó el entonces denominado Padrón Nacional de Usuarios de Telefonía Móvil (PANAUT), que buscaba obligar a los usuarios a registrar sus datos biométricos para conservar sus líneas telefónicas.
Los ministros concluyeron que la medida afectaba derechos fundamentales y que no existían pruebas suficientes para demostrar que sería efectiva en el combate al crimen organizado o a la delincuencia común.
El fallo estableció un precedente importante respecto a la necesidad de equilibrar la seguridad pública con la protección de las libertades individuales.
Quienes respaldan la creación de registros biométricos argumentan que países de distintas regiones del mundo utilizan sistemas similares para fortalecer la identificación de personas y reducir delitos relacionados con la suplantación de identidad.
No obstante, críticos de estas iniciativas advierten que la acumulación masiva de información sensible en manos del gobierno puede abrir la puerta a prácticas de vigilancia excesiva, especialmente si no existen mecanismos robustos de transparencia, supervisión independiente y sanciones por uso indebido.
Además, señalan que los delincuentes suelen utilizar líneas obtenidas mediante identidades falsas, dispositivos robados o servicios extranjeros, por lo que la eficacia de estas medidas sigue siendo objeto de debate.
Otro de los puntos que preocupa a especialistas es la capacidad institucional para resguardar una base de datos de esta magnitud. México ha enfrentado en años recientes diversos incidentes relacionados con filtraciones de información gubernamental y ataques cibernéticos.
La concentración de millones de registros biométricos en una sola plataforma podría convertirla en un objetivo atractivo para grupos criminales, hackers y redes dedicadas al robo de identidad.
La discusión de fondo no se limita a la tecnología ni a la telefonía móvil. Se trata de determinar hasta qué punto los ciudadanos están dispuestos a ceder parte de su privacidad a cambio de una mayor promesa de seguridad.
Mientras el gobierno sostiene que las herramientas de identificación fortalecen la capacidad de investigación de las autoridades, organizaciones civiles y expertos constitucionalistas insisten en que ninguna estrategia de seguridad debe implementarse a costa de derechos fundamentales garantizados por la Constitución.
Por ahora, el debate continúa abierto. La pregunta sigue vigente: ¿el registro biométrico obligatorio y el padrón de líneas telefónicas representan una herramienta legítima para combatir el crimen o constituyen una invasión a la privacidad de los ciudadanos? La respuesta, coinciden especialistas, dependerá de los controles legales, la transparencia y la capacidad del Estado para demostrar que dichas medidas son realmente necesarias, proporcionales y eficaces.

