Tepic, Nayarit (RRC): Lejos de sanar al estado, el gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero ha resultado ser un médico chapucero e ineficaz cuyo “tratamiento” ha agravado gravemente la enfermedad de Nayarit. Su administración se distingue por una ineficiencia crónica, derroche de recursos públicos, obras eternamente inconclusas y un autoritarismo torpe que no logra disimular su absoluta incapacidad para entregar resultados reales.
Al rendir protesta, Navarro prometió solemnemente “salvar” a Nayarit como un paciente en terapia intensiva. Casi al final de su gestión, el diagnóstico es devastador: el remedio fue peor que la enfermedad. Su gobierno ha sido lento, inepto y más obsesionado con la propaganda que con resolver problemas concretos.
La reforma a la Ley de Pensiones, vendida como acto heroico, fue un atropello ineficiente que generó una ola de litigios, angustia y mayor inestabilidad financiera, sin resolver de fondo la viabilidad del estado. La Ley del Notariado solo creó caos institucional bajo el disfraz de “limpieza”.
El Mega Operativo “Nuevo Nayarit” y el Fondo Soberano Nuevo Nayarit (FOSONN) son un escándalo de opacidad e ineficiencia. Se presume la recuperación de terrenos, pero la lentitud escandalosa para ponerlos a producir beneficios reales, los litigios interminables y las dudas sobre posibles favoritismos dejan claro que se trata más de un despojo político que de justicia.
En salud, el fracaso es rotundo y vergonzoso, la adhesión al modelo IMSS-Bienestar ha sido un desastre propagandístico. Hospitales como el Civil de Tepic reportan desabasto crónico de medicamentos básicos y de alta especialidad, obligando a pacientes a comprar sus propios insumos. Hay largas filas de espera que se miden en meses, saturación total de servicios, falta de especialistas y equipo médico obsoleto o descompuesto. Ambulancias sin choferes, laboratorios sin reactivos ni personal suficiente y atención deficiente son la constante diaria. Mientras el gobernador presume “avances históricos”, miles de nayaritas se enfrentan a la realidad de un sistema colapsado donde la salud se ha convertido en privilegio y no en derecho.
La obra pública no escapa a esta ineficiencia rampante. El puente “El Filo”, las carreteras a la costa, los domos escolares y el pomposo “Coloso del Pacífico” acumulan sobrecostos, ejecución a paso de tortuga y calidad dudosa. Recursos millonarios tirados en proyectos que no resuelven los problemas estructurales de movilidad ni educación.
En seguridad, las “mesas de seguridad” son un teatro inútil. El discurso de “paz” choca con la persistencia de extorsiones, desapariciones y delincuencia en municipios turísticos y rurales. Mucha foto oficial y cero resultados efectivos.
El estilo de Navarro Quintero agrava la tragedia: intolerante a cualquier crítica, polarizador profesional y victimista de ocasión. Cada señalamiento es respondido con descalificaciones en lugar de soluciones. Su gobierno es lento para atender demandas ciudadanas, incapaz de ejecutar presupuesto con eficiencia y torpe para generar confianza.
Nayarit no fue sanado. Fue maltratado por una administración inepta, derrochadora y profundamente ineficaz, más interesada en construir un mito personal que en servir a la gente. Lo que deja Navarro es un estado más endeudado, dividido, con instituciones debilitadas y graves pendientes en salud, seguridad e infraestructura.
El tiempo se agota y el balance es claramente negativo. Lejos del “gobernador leal” que se autopromueve, queda la imagen de un proyecto fallido sostenido en discursos vacíos y una gestión catastrófica.

