Por Carlos Hartig.
¡Pásele, pásele, llévele su taco de a ciento treinta y dos pesotes, marchante! Sí, leyó usted bien, no es una errata del menú ni una broma de mal gusto del mesero. Mientras el país entero se debate entre la inflación y el precio del aguacate, en Bahía de Banderas se inventaron el «taco premium con cargo al erario», una joya de la alta cocina política donde cada copia de pastor cotizó más alto que una acción en la bolsa de Nueva York durante el festejo del Día de las Madres. Ante el tremendo berrinche colectivo, la rechifla de la banda y el dolor de estómago presupuestal que causó semejante atraco al paladar, a Héctor Santana no le quedó de otra más que aplicar la de «ver para creer» y se armó el tour gastronómico de investigación científica directamente a la Ciudad de México. Porque claro, para resolver los misterios de la economía local, nada como un viaje con viáticos pagados al ombligo de la luna.
Con el porte de quien va a negociar la deuda externa pero con el antojo de un chilango en viernes de quincena, el susodicho se plantó frente al imponente e hipnotizante trompo de la Taquería Las Cocinas. Ahí, entre el calor del carbón, el olor a cilantro fresco y el espectacular vuelo de la piña —esa que el taquero cachetea con precisión de cirujano—, nuestro audaz funcionario vivió una epifanía mística. ¡Sorpresa, descubrimiento de campeonato! Resulta que en el caótico asfalto capitalino, con lo que en sus rumbos cobraron por UN SOLO taquito de lágrima, acá te alcanza para la orden completa con todo y copia, su buena cucharada de salsa de la que sí saca canas verdes, un chesco bien frío para el desempance y todavía te sobra cambio para dejarle propina al maestro taquero. Un glorioso cinco por uno que dejó al político con el ojo cuadrado, la mandíbula en el suelo y la sonrisa congelada para la bonita foto del recuerdo.
Pero agárrense, que la iluminación celestial no trajo remordimiento ni ganas de pedir disculpas, ¡sino pura visión empresarial del más alto nivel… con el dinero ajeno, por supuesto! Cuentan las malas lenguas, los chismosos de esquina y los que le cargaban el saco en la expedición chilanga, que Santana quedó tan verdaderamente anonadado con la «baratocracia» de la capital que ya le anda por organizar la siguiente pachanga comunal. Y es que, vamos, apliquemos la lógica de la alta burocracia: cuando la cuenta no se paga con la tarjeta de débito personal, sino con el sagrado y bendito presupuesto público, cualquier banquete sabe a gloria, las cuentas cuadran mágicamente y cada ocurrencia electoral se disfraza de «apoyo social para el pueblo». ¡Qué elegancia la de Francia, pero con cargo al bolsillo de los contribuyentes que apenas la van librando!
Mientras nuestro sibarita de la política se tomaba la foto del triunfo con el pulgar arriba, allá en el mundo real —ese que no tiene luces de neón, ni trompazos de pastor, ni olor a piña asada—, la realidad de las colonias en Bahía de Banderas está para llorar en sintonía. Los vecinos abren la llave del agua y nomás escuchan el triste eco del desierto; las calles parecen cráteres lunares ideales para destruir suspensiones y poner a prueba la paciencia de los santos; y los servicios básicos brillan, pero por su completa y absoluta ausencia. Ah, pero eso sí, para lo que la alta alcurnia considera «verdaderamente prioritario», como las pantallas gigantes para el entretenimiento de las masas, los conjuntos musicales y las campañas políticas disfrazadas de festivales de primavera, el presupuesto fluye con más alegría y rapidez que la salsa roja sobre una gringa bien dorada.
Esta bonita estampa de la picaresca mexicana nos demuestra, una vez más, que la política de ficción supera por mucho a cualquier libreto de comedia. La próxima vez que un funcionario con cara de compasión le diga que «los recursos son limitados», que «hay que apretarse el cinturón» o que «estamos trabajando en la infraestructura», usted nomás acuérdese de la taquiza VIP estilo Nayarit, donde el pastor se cotiza a precio de corte Kobe y los viáticos para comprobar la estafa incluyen un safari culinario por las taquerías del centro del país. Al final de la jornada, los platos rotos, las deudas infladas y las cuentas alegres las termina pagando el ciudadano de a pie, ese que sigue esperando la pavimentación mientras ve pasar el desfile del cinismo envuelto en papel aluminio.
Al cierre de esta sabrosa edición, se reporta que el trompo de la CDMX sobrevivió invicto a la comitiva oficial, pero el bolsillo de los ciudadanos de Bahía de Banderas sigue en terapia intensiva y con pronóstico reservado. Habrá que ver si para el próximo guateque gubernamental nos traen los precios reales de la capital o si nos seguirán cobrando el limón como si fuera oro de veinticuatro quilates. Porque la verdad, caballeros, este menú de la administración ya nos dejó un pésimo sabor de boca, una agrura de proporciones épicas y una indigestión social que no se quita ni con tres botes de bicarbonato. ¡Buen provecho, y que dios nos agarre confesados con la siguiente cuenta!

