Por Ricardo Reyes.
La decisión de apagar semáforos en distintos puntos de la capital durante ciertas horas de la noche, aunada a la deficiente sincronización del sistema vial, se ha convertido en una muestra de improvisación y falta de responsabilidad que podría estar contribuyendo a la ocurrencia de fuertes accidentes en la ciudad.
Lo que debería representar un mecanismo para ordenar la circulación y proteger la vida de conductores, motociclistas y peatones, termina convirtiéndose en un factor de riesgo cuando las propias autoridades permiten que cruces importantes queden prácticamente a la deriva. En una ciudad donde el flujo vehicular no desaparece por las noches, dejar intersecciones sin regulación equivale a trasladar la responsabilidad a los ciudadanos y obligarlos a circular entre la incertidumbre y el peligro.
A ello se suma una evidente descoordinación en la operación de los semáforos, con tiempos que generan embotellamientos, frenados repentinos y una circulación caótica en distintas avenidas de la capital. Conductores han señalado que mientras unos semáforos permanecen en verde apenas unos segundos, otros provocan largas filas y congestionamientos innecesarios.
Las críticas hacia la Dirección de Seguridad Pública, Tránsito y Vialidad de Tepic han aumentado, pues ciudadanos cuestionan si existe una verdadera estrategia de movilidad o si simplemente se están tomando decisiones sin planeación y sin medir consecuencias. Para muchos, apagar semáforos no representa una solución; representa una renuncia a una obligación básica de cualquier autoridad: garantizar condiciones mínimas de seguridad.
Cuando una falla o una mala decisión administrativa termina creando escenarios que facilitan accidentes, deja de tratarse de un problema técnico y se convierte en un asunto de responsabilidad pública. La movilidad urbana no puede administrarse con ocurrencias ni con medidas que, lejos de prevenir riesgos, parecen abrir la puerta a tragedias evitables.

