Por Carlos Hartig.
La dirigencia nacional del PRI, bajo el mando de Alejandro «Alito» Moreno, ha sentenciado el futuro político de Nayarit al designar a Manuel Cota Jiménez como su candidato a gobernador para 2027. Esta decisión, tomada cupularmente en la Ciudad de México, ignora nuevamente a la militancia local y profundiza la crisis de credibilidad del partido. El anuncio no solo representa un retroceso democrático, sino que formaliza el secuestro de la estructura tricolor por parte de una sola familia, alejando cualquier posibilidad de renovación real en un instituto político que parece aferrarse a sus peores prácticas para sobrevivir.
La trayectoria de Manuel Cota es el vivo retrato de la clase política que la ciudadanía ha rechazado en las urnas; el ex senador y ex dirigente nacional de la Confederación Nacional Campesina (CNC) ha saltado de cargo en cargo durante décadas, fungiendo como diputado local, presidente municipal de Tepic y diputado federal. A pesar de haber perdido ya una contienda por la gubernatura en 2017, el PRI insiste en reciclar una figura que simboliza el pasado, en lugar de abrir paso a nuevos liderazgos que puedan competir en un ecosistema político dominado por fuerzas emergentes.
El control familiar se vuelve absoluto con la posición estratégica de su hijo, Freddy Cota Vélez, quien actualmente despacha como Secretario General del PRI en el estado. Este «doble play» garantiza que los recursos, la nómina y las decisiones operativas del partido en Nayarit se queden en casa, convirtiendo al Comité Directivo Estatal en una oficina de gestión para el proyecto personal de los Cota. Esta concentración de poder no solo asfixia a los cuadros jóvenes, sino que envía un mensaje de derrota anticipada al presentarse como una franquicia familiar más que como una opción competitiva.
Para la prensa nacional, el caso Nayarit es el microcosmos de la debacle del PRI: un partido que prefiere la lealtad de sus «viejos lobos» antes que la legitimidad de sus bases. Mientras el país exige una oposición moderna y propositiva, el tricolor se repliega en sus feudos tradicionales, apostando por un candidato que ya fue derrotado y que hoy, arropado por su hijo en la estructura interna, busca una segunda oportunidad a base de imposiciones. La apuesta por la familia Cota para 2027 no es un plan de victoria, es el último refugio de un grupo político que se niega a soltar las llaves de un edificio en ruinas.

