Por Ricardo Reyes.
En pleno corazón de la Sierra de San Juan, el Gobierno del Estado ha decidido prender fuego controlado al paraje Mesa de Las Palomas, en el ejido Los Fresnos, bajo la figura de “quema prescrita controlada”. Lo que las autoridades de la Secretaría de Desarrollo Sustentable venden como una medida “preventiva” para reducir riesgos de incendios forestales, para cientos de tepicenses que viven en las faldas y zonas aledañas se traduce en otra tarde de aire irrespirable, irritación en ojos y garganta, y preocupación legítima por la calidad del aire que respiran sus familias.
Mientras brigadas especializadas y personal “capacitado” encienden el monte, el humo se levanta sin pudor sobre la capital nayarita, recordando episodios recientes en los que la combinación de quemas agrícolas, incendios forestales y estas supuestas “acciones preventivas” ha colocado a Tepic entre las ciudades con peor calidad del aire del occidente del país durante la temporada de estiaje. Las autoridades insisten en que “no es un incendio forestal” y que todo está bajo control, pero para la población vulnerable —niños, adultos mayores y personas con asma, EPOC o enfermedades cardíacas— la distinción técnica no mitiga el malestar real ni los riesgos a la salud.
Llama la atención la insistencia oficial en repetir que se trata de una actividad “autorizada y planificada”, como si con esa etiqueta bastara para acallar las quejas vecinales. En los últimos años Nayarit ha enfrentado críticas recurrentes por la gestión laxa de incendios provocados, quemas ilegales para cambio de uso de suelo y la falta de monitoreo efectivo de la contaminación atmosférica. Ahora, paradójicamente, el mismo gobierno que debería combatir la contaminación atmosférica decide contribuir a ella de manera intencional, argumentando que es “por el bien mayor”.
Expertos ambientales han advertido durante años que, aunque las quemas prescritas pueden ser una herramienta útil en ciertos ecosistemas y bajo condiciones muy específicas, su ejecución inadecuada —o en horarios y zonas cercanas a núcleos poblacionales— genera emisiones de partículas PM2.5 y compuestos orgánicos volátiles que agravan la contaminación urbana, especialmente en valles como el de Tepic donde el humo queda atrapado por inversión térmica.
¿Realmente era necesario realizar esta quema en un momento en que la ciudadanía ya lidia con episodios previos de mala calidad del aire? ¿Se evaluaron alternativas como la remoción mecánica de combustible o un combate más agresivo a las quemas ilegales que año con año devoran miles de hectáreas en el estado? Las respuestas oficiales brillan por su ausencia.
Mientras tanto, el mensaje a la población se reduce a un tibio “tomen precauciones, especialmente si tienen afecciones respiratorias”. Una recomendación que suena más a disculpa que a solución, y que deja en claro que la salud de los tepicenses parece ser un daño colateral aceptable en nombre de la “prevención”.
El Gobierno del Estado promete que todo está bajo control. Los habitantes de Tepic, con los ojos llorosos y la garganta irritada, solo pueden esperar a que el viento se lleve el humo… y preguntarse si la próxima “quema para prevenir incendios” no terminará convirtiéndose, otra vez, en la chispa que nadie vio venir.
