Por Miguel Vargas Mendoza.
Vaya espectáculo nos regaló Marx Arriaga. Si algo hay que reconocerle al todavía —por puro milagro y terquedad— Director de Materiales Educativos, es su impecable sentido de la teatralidad. Ni el mejor guionista de Netflix hubiera montado ese Live en redes sociales, donde, con cara de mártir de la patria, grababa la llegada de los «temibles» elementos que solo iban a entregarle un papelito: su notificación de salida. ¡Qué drama! ¡Qué pasión! Casi podíamos oler el incienso revolucionario a través de la pantalla.
Parece que a Marx le dio por aplicar la de «de aquí no me sacan ni con grúa». Y es que, claro, cuando uno está convencido de que es el último bastión de la verdadera transformación, un consulado en Costa Rica sabe a poco. ¿Pura vida? ¡Qué va! Eso es para los tibios. Él prefiere el aire acondicionado de la SEP y el olor a tinta de sus libros, esos que defendió a capa y espada contra esa «amenaza neoliberal» llamada… perspectiva de género. Sí, porque para nuestro protagonista, incluir a más mujeres en la historia o hablar de igualdad es, al parecer, un pecado capital que mancha la pureza de su visión radical.
Pero el asunto no es solo un berrinche por los libros. En los pasillos de la política se dice que el hombre se siente blindado. ¿Su escudo? La cercanía con la Dra. Beatriz Gutiérrez Müller. Esa sombra protectora lo hizo sentir, por un momento, que era intocable, incluso por encima de las órdenes directas del nuevo gobierno. Se le olvidó un pequeño detalle: en este sexenio, la sobriedad manda y la jerarquía se respeta.
Y mientras él se atrincheraba, las malas lenguas (o las muy informadas) empezaron a soltar los hilos de sus supuestas amistades peligrosas. Se habla de vínculos con el régimen de Maduro, no solo por afinidad ideológica de cafetín, sino a través de operadores financieros que parecen sacados de una novela de espionaje caribeño. Quizá por eso el reto al gobierno actual fue tan directo, tan descarado. Marx no solo peleaba por un puesto; peleaba por mantener un enclave radical que ya no cabe en el nuevo diseño del país.
Sin embargo, lo que este episodio deja claro es que la Dra. Claudia Sheinbaum no está para jueguitos ni escenas de teatro barato. Con ese estilo suyo, pausado pero de acero, ha dejado que el ruido lo haga el que se va, mientras ella pone orden. El mensaje es nítido para todos los que aún no compran su boleto a la realidad: la unidad del movimiento se mantiene, sí, pero bajo una sola batuta.
Marx Arriaga quiso salir como un héroe perseguido, pero terminó pareciendo el invitado que no entiende que la fiesta ya se acabó y que los dueños de la casa ya quieren apagar las luces. Al final, la Dra. Claudia camina a paso seguro, demostrando que para gobernar no hace falta gritar en redes sociales, sino simplemente ejercer el mando.
