Sin Redundar

Por Carlos Avendaño.

Salarios que suben, hogares que no respiran. En este 2026, México vive una de esas paradojas económicas que no caben en los discursos oficiales, pero sí en la mesa de la cocina: el salario sube, pero el dinero no alcanza. El aumento al salario mínimo ha sido presentado como un logro histórico. Y no es menor. Para millones de trabajadores, especialmente los de menores ingresos, significa recibir unos pesos más al final de la quincena. El problema es que este avance llega acompañado de un enemigo silencioso: el encarecimiento del costo de vida, particularmente de los insumos domésticos. La pregunta clave no es cuánto subió el salario, sino a quién le alcanza y para qué. Los hogares más pobres: alivio sin estabilidad. Para las familias que viven con uno o dos salarios mínimos, el aumento salarial sí se siente, pero dura poco. La mayor parte de su ingreso se va en los alimentos, el transporte y los servicios básicos. Cuando sube el gas, el huevo, la tortilla o el pasaje, el incremento se evapora. No hay ahorro, no hay colchón financiero. Hay subsistencia. El salario mínimo mejora el ingreso nominal, pero no cambia la fragilidad estructural de estos hogares. Viven un poco menos apretados, pero siguen al día, siempre al día. La clase media baja: ganará más, pero deberá más. Para quienes ganan entre dos y cuatro salarios mínimos -obreros, técnicos, empleados administrativos- el panorama es distinto, pero no necesariamente mejor. Muchos no reciben aumentos salariales directos, pero sí enfrentan precios más altos en la renta, el transporte, la escuela y los servicios. Aquí aparece una sensación cada vez más común: “gano más que antes, pero debo más que antes”. El crédito sustituye al ahorro y la planeación financiera se vuelve un ejercicio de resistencia. No caen en la pobreza, pero pierden su calidad de vida. La clase media: el desgaste invisible. Las familias de ingresos medios no tienen problemas para cubrir lo básico, pero enfrentan algo más corrosivo: el estancamiento. Sus salarios no crecen al ritmo de la inflación y de los gastos fijos -la hipoteca, las colegiaturas, los seguros- se encarecen año con año. No existe crisis, pero tampoco progreso. Trabajan más para mantenerse en el mismo lugar. Es la erosión silenciosa del bienestar, esa que no genera protestas, pero sí frustraciones. Los de arriba: inflación sin angustia. En los hogares de ingresos altos, la inflación no altera la vida cotidiana. Se ajustan consumos, se mueven inversiones y se protege el patrimonio. El impacto no está en el súper, sino en las decisiones macroeconómicas. El verdadero debate. El problema de fondo no es el aumento salarial. Ciertamente que era necesario y por demás que justo. El problema es que el salario corre y los precios caminan junto a él, a veces mucho más rápido. Mientras los alimentos y los servicios básicos sigan encareciendo, cualquier aumento se quedará corto. México no enfrenta solo un reto de ingresos, sino de costo de vida. Y mientras no se atienda este frente, seguiremos celebrando incrementos salariales que se diluyen entre los recibos, los tickets y las facturas. Porque en 2026 el salario sube ciertamente, pero en millones de hogares la tranquilidad económica sigue sin llegar…

Diciembre rojo para el empleo formal: señales que no deben minimizarse. El cierre de diciembre de 2025 dejó un balance claramente negativo para el mercado laboral formal en México. De acuerdo con cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), durante este mes se perdieron más de 320 mil empleos, el retroceso más pronunciado desde diciembre de 2022. Si bien es cierto que la caída del empleo en diciembre responde, en buena medida, a factores estacionales, el dato no puede leerse como un simple ajuste de rutina. Analistas coinciden en que esta pérdida refleja un menor dinamismo económico acumulado a lo largo de 2025, particularmente en sectores sensibles al consumo interno y a la inversión. El balance anual, visto de manera aislada, podría parecer alentador: 279 mil plazas formales creadas, lo que equivale a un crecimiento de apenas 1.3%. Sin embargo, una revisión más fina revela que buena parte de este incremento obedeció a la incorporación de trabajadores de plataformas digitales al régimen formal, y no necesariamente a una expansión sostenida del empleo en todos los sectores productivos. En otras palabras, el crecimiento del empleo no fue homogéneo ni resultado de una economía robusta, sino de ajustes administrativos y regulatorios, lo que relativiza el optimismo oficial. La contracción de diciembre se concentró, como suele ocurrir, en comercio, servicios y construcción, actividades que reducen personal una vez concluido el periodo de mayor actividad. Aunque la baja fue menor en comparación con los dos años previos, el volumen sigue siendo elevado y confirma una tendencia recurrente: el empleo en México sigue siendo frágil y altamente dependiente del calendario. No todo es negativo. Algunos sectores como: transporte, comercio y generación eléctrica, mostraron un desempeño favorable durante 2025. Asimismo, entidades como: Tlaxcala, Estado de México y la Ciudad de México, registraron crecimientos por encima del promedio nacional, lo que evidencia una recuperación desigual y concentrada territorialmente. Las cifras del IMSS dibujan así un mercado laboral con bolsas de fortaleza, pero con retos estructurales evidentes: baja generación de empleo de calidad, alta estacionalidad y un crecimiento que no termina de consolidarse. Minimizar la pérdida de más de 320 mil empleos bajo el argumento de que “siempre pasa en diciembre” sería un error. El dato es una señal de alerta sobre la necesidad de políticas que impulsen inversión, productividad y empleo permanente, más allá de los ajustes coyunturales. Porque al final, los números pueden maquillarse, pero el empleo que se pierde en diciembre sí se siente en enero en los hogares mexicanos…

“Ya no hay pobres”, dijo el expresidente Andrés Manuel López Obrador en su último informe. Lo dijo con la seguridad de quien ya no será evaluado nunca jamás. Lo dijo desde el atril, no desde la estadística. Lo dijo como se dicen las consignas: esperando que se repitan hasta que parezcan verdad. Pero la semana pasada el INEGI hizo lo que los discursos no pueden evitar: desmentir. Según los datos oficiales -esos que no votan, no militan y no aplauden- 44.5 millones de mexicanos no tienen acceso a los servicios de salud. El doble que en 2018. Más de 80 millones viven con al menos una carencia social. Y los estados más golpeados no son sorpresa: Estado de México, Chiapas y Veracruz. La pobreza no desapareció, cambió de narrador. Lo verdaderamente simbólico ocurrió un mes antes: la desaparición del CONEVAL, el único órgano autónomo encargado de medir la pobreza. No se combatió el problema, sino que se eliminó el termómetro. Porque en política, cuando los números incomodan, siempre es más fácil callar al que mide que corregir lo que duele. Sin CONEVAL, el gobierno ya no tiene quien le contradiga sus relatos. Pero el INEGI -todavía incómodo, todavía autónomo- recordó algo elemental: la pobreza no se decreta, sino que se mide. Decir que “ya no hay pobres” en un país donde millones no tienen médico, empleo digno o seguridad social no es optimismo. Es negación institucional. Es gobernar con los ojos cerrados y exigir que la realidad se adapte al discurso. La 4T prometió poner primero a los pobres. El problema es que, cuando los pobres no cuadran con la narrativa, se vuelven estadísticamente invisibles. Porque los discursos se los lleva el viento, pero los datos no. Y por más informes triunfalistas, la pobreza sigue ahí: esperando atención, no aplausos; soluciones, no frases históricas. Negar la pobreza no la elimina, sólo la vuelve más costosa y más cruel…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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