Sin Redundar.

Por Carlos Avendaño.

Todo parece indicar que el recuento de cierres de negocios en Culiacán, capital sinaloense, ya no provoca alarma porque la crisis ha sido normalizada. Cuando una crisis deja de escandalizar, es porque el daño ya es profundo. Los comerciantes del centro hablan de 45 negocios cerrados en apenas unos días de enero con proyección de hasta 150 a fin de mes. No es mala racha comercial ni ajuste estacional: es el síntoma claro de una ciudad donde trabajar se ha vuelto un acto de alto riesgo. La inseguridad vuelve a aparecer como telón de fondo. No entra en escena, sino que ya no se fue. Pero lo verdaderamente grave no es solo la violencia, sino la resignación. Los cierres se anuncian con la frialdad con que se consulta el pronóstico del clima. La violencia dejó de ser emergencia para convertirse en variable económica. Se integra al análisis de costos como si fuera: renta, luz o impuestos. Abrir un negocio ya no depende solo del mercado, sino de la probabilidad de sobrevivir al entorno criminal. Tiendas de ropa, de tecnología o de belleza, no solo bajan las cortinas: se llevan los empleos, la inversión y la vida urbana. El centro de Culiacán se vacía poco a poco, no por falta de consumidores, sino por ausencia de condiciones mínimas para operar. Y el dato más brutal está en el antecedente: más de 2,300 locales cerrados durante 2025 y hasta 20 mil unidades económicas que dejaron de operar sin entrar en el radar oficial. La economía se desangra en silencio, sin políticas públicas viables, sin seguimiento institucional y sin estrategia que parta de un diagnóstico realista. A lo anterior podemos sumarle la purga no reconocida de una economía atrapada entre la informalidad, el crimen organizado y una narco-guerra que terminó por romper el equilibrio precario que sostenía la actividad comercial. Aquí no hay “reacomodos”, hay expulsión económica. Por eso, los cierres de negocios en Culiacán no deben leerse como un dato más de la cuesta de enero. Son un aviso de un colapso progresivo. Sinaloa, y en particular su capital, está perdiendo sus negocios, su empleo y su confianza. Y cuando la confianza en el gobierno se pierde, no hay repunte estacional ni discurso optimista que vuelva a levantar las cortinas. Un negocio cerrado no se recupera con estadísticas alegres. Se recupera con seguridad, con certidumbre y con Estado de derecho. Hoy Culiacán no enfrenta una mala temporada, enfrenta algo peor: la costumbre de perder sin que pase nada…

El todavía gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya, dijo literal: “Ciclos naturales del comercio”, para explicar el cierre masivo de negocios en Culiacán. Vaya joya de declaración. Una frase digna de antología, de la desconexión con la realidad. Según esta lógica gubernamental, los comercios no cierran por la violencia, la extorsión, el miedo o la falta de condiciones mínimas para trabajar, no. Cierran porque el comercio “respira”, se cansa y decide morir solito. Como si las balaceras fueran parte del clima y los levantones un fenómeno estacional. La afirmación no solo insulta la inteligencia de los sinaloenses, sino que confirma algo peor: o el gobernador ya no entiende lo que pasa en su estado, o entiende perfectamente y prefiere minimizarlo. Ambas opciones son igual de graves. Porque cuando un gobernante reduce una crisis económica y social a un “ciclo natural”, lo que está haciendo es lavarse las manos, deslindarse de cualquier responsabilidad y, de paso, culpar al destino. No es la inseguridad, no es la ausencia del Estado, no es la incapacidad para garantizar condiciones básicas: es mercurio retrógrado versión comercio. Eso sí, qué curiosidad que estos “ciclos naturales” solo afectan a los pequeños y medianos negocios. A los grandes intereses, a los amigos del poder y a los proyectos consentidos, nunca les toca la mala racha. Pero claro, somos mal pensados los sinaloenses. Todo está bien. Las cortinas bajadas, los locales vacíos y los empleos perdidos, deben de ser parte de una coreografía económica perfectamente normal. Una especie de danza macabra del emprendimiento. La realidad es otra: “Culiacán no está viviendo un ciclo comercial, está viviendo un abandono gubernamental”. Y cuando el todavía gobernador de Sinaloa prefiere explicarlo con frases huecas en lugar de asumir la crisis, nos queda claro que el problema no es solo la inseguridad, sino la narrativa oficial que intenta normalizar el desastre. Suyos los comentarios estimado lector, porque por parte del gobierno, ya no podemos esperar explicaciones serias…

El flamante secretario de seguridad pública federal, Omar García Harfuch, informó del traslado de 37 reos a los Estados Unidos, dijo literal: “Representaban una amenaza real para la seguridad del país”. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿Desde cuándo dejaron de serlo? Porque si eran tan peligrosos, tan prioritarios y tan letales, ¿Por qué estuvieron años -algunos décadas- operando, mandando, negociando y hasta gobernando desde cárceles mexicanas? Al parecer, la amenaza no era tan real hasta que hubo un avión disponible y un acuerdo con Washington. El mensaje más que claro: cuando el Estado mexicano no puede -o no quiere- controlar a los criminales de alto perfil, mejor los exporta. Seguridad nacional vía paquetería internacional. Hecho en México, resuelto en Estados Unidos. Eso sí, el operativo luce impecable en la narrativa: siete aeronaves de las Fuerzas Armadas, destinos con nombres que impresionan -Washington, Nueva York, San Diego- y un discurso firme que intenta vender autoridad. Mucho músculo logístico, poca autocrítica política. Porque la pregunta incómoda sigue ahí: ¿Cómo llegaron estos personajes a convertirse en “amenaza real”? ¿Quién los dejó crecer, operar y consolidarse? ¿Por qué México no puede juzgarlos, contenerlos o mantenerlos bajo control en su propio territorio? La respuesta no está en el boletín oficial. Está en los años de omisiones, de complicidades, de abrazos malentendidos y de una estrategia de seguridad que prefirió administrar al crimen antes que enfrentarlo. Trasladarlos a Estados Unidos no es un acto de fortaleza soberana, es una confesión tácita: aquí no pudimos, pero allá sí. Y mientras tanto, el país que los vio nacer, crecer y enriquecerse con sangre ajena, se queda con las víctimas y sin justicia. Pero no seamos mal pensados, seguramente esto también es parte de una “estrategia integral”. Como siempre estimado lector, suyos los comentarios…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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