Por Javier Zapata.
En México, y particularmente en estados como Nayarit, la búsqueda de personas desaparecidas dejó de ser una obligación exclusiva del Estado para convertirse en una lucha encabezada por madres, padres, hijas, hijos y familiares que, ante la omisión oficial, decidieron no esperar más.
Los colectivos de búsqueda no nacen del activismo romántico, ni del interés político. Nacen del dolor, de la ausencia prolongada, del silencio institucional y de la indiferencia normalizada. Son la respuesta directa a un sistema que promete investigar, pero posterga; que anuncia cifras, pero oculta rostros; que presume protocolos, pero abandona territorios.

Mientras las autoridades se refugian en comunicados, estadísticas maquilladas y mesas de trabajo sin resultados, los colectivos salen al monte, a los lotes baldíos, a las brechas, con picos, palas y la esperanza como única protección. Buscan con lo que tienen, porque el Estado les quitó todo, menos la dignidad.
Es una verdad incómoda:
👉 En muchas regiones del país, los colectivos hacen el trabajo que las fiscalías no quieren o no pueden hacer.
👉 Localizan fosas, documentan restos, identifican patrones criminales y exhiben la colusión, la negligencia o la incompetencia institucional.
👉 Son incómodos porque evidencian el fracaso del discurso oficial de seguridad y justicia.
Y sin embargo, lejos de ser reconocidos plenamente, muchos colectivos son revictimizados, vigilados, desacreditados o utilizados políticamente. Se les escucha, pero no se les atiende. Se les promete, pero no se les cumple. Se les agradece públicamente, pero se les abandona en los hechos.
El silencio gubernamental frente a la desaparición no es neutral, es una forma de complicidad. Cada día sin búsqueda efectiva, sin identificación forense, sin verdad, prolonga la tortura de las familias y consolida la impunidad.
Los colectivos no piden privilegios.
Piden lo mínimo:
• Búsqueda real, no simulada.
• Instituciones forenses funcionales y auditables.
• Verdad, justicia y no repetición.
• Respeto a su dolor y a su trabajo.
Mientras el Estado siga fallando, los colectivos seguirán existiendo. Pero no debería ser así. Un país donde las madres buscan en fosas es un país que se rompió por dentro.
Reconocer a los colectivos no es un gesto de buena voluntad, es una obligación moral y política. Porque cuando ellos buscan, no solo buscan a los suyos, nos están buscando a todos como sociedad.
Este artículo se escribe desde la voz y la lucha de quienes buscan sin descanso. Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., representa a las madres que, ante el abandono institucional, transformaron el dolor en acción. Su historia, trayectoria y trabajo en campo evidencian una verdad incómoda, cuando el Estado falla, la búsqueda no se detiene, la asumen las familias.
“Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., la lucha imprescindible por la verdad y la dignidad”.
Vivimos en un país donde el dolor de la desaparición no se resuelve en cifras, sino en ausencias que gritan en cada casa, en cada madre que ya no sabe qué hacer ante el abandono institucional. En ese contexto, Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., se ha convertido en una fuerza moral, humana y resistente que reivindica el derecho más elemental; La búsqueda de quienes no han vuelto a sus hogares.
Este colectivo, integrado principalmente por madres buscadoras de familiares desaparecidos en Nayarit, nació de la urgencia de transformar el dolor en acción, y la indiferencia oficial en búsqueda activa. Su fundadora y vocera, Virginia Garay Cázares, inició esta lucha tras la desaparición de su hijo, por sus siglas B.E.A.G., en febrero de 2018. Desde ese día, la búsqueda personal se convirtió en una misión colectiva para decenas de familias que comparten la incertidumbre y el sufrimiento sin respuestas claras de la autoridad. 
Una trayectoria marcada por la búsqueda activa.
Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., ha sido mucho más que un grupo de apoyo emocional. Su labor ha consistido en:
• Visibilizar casos ignorados o minimizados por las autoridades. Han expuesto públicamente desapariciones con testimonios y exigencias de verdad. 
• Exigir avances reales en las investigaciones, rompiendo con la narrativa de ausencias “voluntarias” que a menudo las fiscalías utilizan para restar gravedad a los casos. 
• Articularse con otras organizaciones y redes de búsqueda en todo territorio Nacional fomentando la solidaridad y la acción conjunta para lograr mejores resultados y capacitación. 
• Ser interlocutoras legítimas en espacios de atención a víctimas, integrándose incluso en consejos ciudadanos y asambleas consultivas de organismos de derechos humanos y atención integral. 
La valentía frente a amenazas y criminalización.
La labor de Guerreras no ha estado exenta de peligros. En 2025, Virginia Garay Cázares recibió amenazas anónimas por Facebook Messenger, donde se insinuaba la posibilidad de acciones legales en su contra como represalia por su trabajo de búsqueda y su activismo, un intento claro de intimidación y criminalización de su defensa de los derechos humanos. 
Lejos de amedrentarse, estas amenazas han servido para reforzar una verdad dolorosa pero evidente: cuando las familias toman en sus manos la búsqueda de sus seres queridos es porque las instituciones han fallado una y otra vez.
Búsqueda forense: cuando la verdad depende de las víctimas.
La crisis de desaparición es también una crisis forense.
Miles de cuerpos sin identificar, fosas clandestinas localizadas fuera del radar institucional, servicios periciales rebasados, bancos genéticos fragmentados y una cadena de custodia que se rompe antes de empezar.
En este vacío surge el trabajo del colectivo Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., no como acompañantes, sino como actor central de la búsqueda forense en Nayarit. Han participado directamente en localizaciones, prospecciones de campo, procesos de recuperación de restos y exigencia de identificación digna.
No llegaron a la forensia por elección.
Llegaron porque el Estado no llegó.
Buscar sin ciencia es simulación;
buscar sin familias es imposición;
pero buscar sin el Estado se ha vuelto la regla.
Reformas de ley; Empujar desde abajo lo que el poder no quiso mover.
Las reformas legales en materia de desaparición no han sido concesiones graciosas del poder. Han sido resultado de presión social, y en Nayarit, del trabajo persistente de colectivos como Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C.
Su participación en procesos de reforma normativa, observaciones a leyes existentes y exigencia de armonización legal ha sido clave para colocar en la agenda lo que incomoda: sanciones por omisión, búsqueda inmediata, enfoque diferenciado y centralidad de las víctimas.
El problema no es que no haya leyes.
El problema es que las leyes avanzan más lento que las desapariciones.
Mesas de protocolos; La disputa por cómo se busca.
Las mesas para la modificación de los protocolos de búsqueda y los protocolos de investigación han sido espacios de tensión, no de consenso automático. En ellas, Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., ha insistido en lo esencial:
– búsqueda inmediata,
– enfoque forense desde el inicio,
– participación real de las familias,
– prohibición de dilaciones injustificadas.
El riesgo no está en dialogar.
El riesgo está en que los protocolos queden como documentos elegantes sin obligatoriedad real.
Cambiar el lenguaje sin cambiar las prácticas es solo maquillar la impunidad.
Su historia como la de tantas otras madres buscadoras en México es un llamado a que el Estado cumpla con su obligación esencial de proteger a todas las personas, investigar con diligencia, y atender con humanidad a quienes han sido víctimas de desaparición forzada o desaparición en general.
Más que un colectivo; Un símbolo de resistencia.
Guerreras en Busca de Nuestros Tesoros A.C., no solo busca a personas, busca justicia, verdad y memoria. Cada caminata por brechas, cada denuncia pública, cada reunión con autoridades es también una marcha contra la indiferencia y la impunidad.
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