Hollywood (RRC): El 5 de noviembre de 1955, a la 1:21 de la madrugada, un relámpago golpeó la torre del reloj de Hill Valley, California, y con él nació oficialmente la posibilidad del viaje temporal tal y como la conocemos en la cultura pop. Fue en esa noche cuando, según la trilogía Regreso al futuro, Emmett Lathrop “Doc” Brown se golpeó la cabeza al caer del lavabo de su baño, tuvo la visión del “condensador de flujo” y, setenta años después (¡hoy mismo!), seguimos celebrando aquella idea loca que Robert Zemeckis y Bob Gale convirtieron en leyenda.
1955-2025: el condensador de flujo cumple 70 años.
Aunque la película se estrenó en 1985, la cronología interna es clara: el Doc inventó el condensador de flujo el 5 de noviembre de 1955. Eso significa que, en 2025, su gran descubrimiento tiene exactamente siete décadas de antigüedad. Setenta años en los que hemos visto DeLoreans voladores convertirse en icono, zapatillas Nike MAG autolazables pasar de la ficción a la realidad (aunque sin cordones que se aten solos… todavía), y la expresión “¡1.21 gigavatios!” entrar en el diccionario colectivo.
Pero el Doc Brown no solo viajó en el tiempo en Regreso al futuro. Robert Zemeckis volvió a poner al excéntrico científico (y al propio concepto del viaje temporal) en otra de sus grandes películas fantásticas: La muerte le sienta tan bien (Death Becomes Her, 1992).
El Doc Brown que casi fue Lisle Von Rhuman.
En 1992, siete años después del estreno de Regreso al futuro, Christopher Lloyd volvió a trabajar con Robert Zemeckis en una comedia negra absolutamente delirante. Aunque en los créditos su personaje se llama Ernest Menville, un cirujano plástico alcohólico y pusilánime, los fans más atentos siempre han visto en él una especie de “Doc Brown caído en desgracia”.
Pero hay algo más jugoso: originalmente, el personaje de la inmortal y misteriosa Lisle Von Rhuman (interpretada finalmente por Isabella Rossellini) iba a ser interpretado… ¡por el propio Christopher Lloyd vestido de mujer! Zemeckis quería que fuera el Doc Brown quien ofreciera la poción de la juventud eterna, convirtiendo a Ernest en una versión alternativa y decadente del mismo genio loco. Al final se descartó la idea (probablemente para no confundir al público), pero el espíritu del científico chiflado sigue flotando en cada escena de efectos especiales revolucionarios que ganó el Oscar ese año.
Así, en apenas siete años (1985-1992), Zemeckis y Lloyd nos regalaron dos maneras distintas de jugar con el tiempo:
- En Regreso al futuro: viajar físicamente a través de él.
- En La muerte le sienta tan bien: detenerlo, engañarlo, estirarlo hasta lo grotesco.
70 años después, ¿dónde está nuestro DeLorean?.
Setenta años han pasado desde aquella caída en el baño. Todavía no tenemos condensadores de flujo (ni relámpagos programables ni plutonio de contrabando libio), pero sí tenemos:
- Coches eléctricos que se parecen sospechosamente al BMW i8 que usó Zemeckis en Regreso al futuro II como coche del futuro.
- Zapatillas con ajuste automático (las Nike Adapt).
- Hoverboards reales (aunque levitan sobre superficies magnéticas especiales).
- Y, sobre todo, una torre del reloj de Hill Valley que sigue detenida a las 10:04… al menos en Universal Studios y en miles de relojes de coleccionista.
El 5 de noviembre de 1955 sigue siendo una fecha sagrada para los fans. Cada año, cuando llega el “Back to the Future Day” (21 de octubre de 2015, la fecha a la que viajan Marty y Doc en la segunda parte), recordamos que el futuro que imaginaron ya está aquí… aunque aún esperamos las puertas de alas de gaviota y los 1.21 gigavatios.
Así que, setenta años después de que un científico loco se golpeara la cabeza pensando en retretes, brindemos por Emmett Brown, por Robert Zemeckis y por esa maravillosa locura que nos enseñó que, si pones tu mente en ello (y un poco de plutonio), puedes lograr cualquier cosa… incluso hacer que el tiempo, por una vez, funcione a tu favor.
