Por Ricardo Reyes.
En las calles de este país, el eco de los balazos se confunde con el ruido cotidiano del tráfico. En Uruapan, Michoacán, el alcalde Carlos Manzo Rodríguez fue acribillado a plena luz del día durante las celebraciones del Día de Muertos, apenas unas semanas atrás. Su crimen: oponerse a la extorsión de los cárteles. En Sinaloa, la guerra interna entre facciones del Cártel de Sinaloa ha elevado los homicidios en un 170% en el último año. Pueblos enteros en la frontera entre Michoacán y Jalisco se han convertido en fantasmas, abandonados por familias que huyen de los sicarios del CJNG. Y mientras tanto, en la Ciudad de México, miles de jóvenes de la Generación Z marcharon el fin de semana pasado exigiendo un alto a la violencia, solo para ser tildados de «las mismas caras» por la presidenta Claudia Sheinbaum.

¿Es México un estado fallido? La pregunta, que hace una década parecía exagerada, hoy resuena en foros internacionales, en el Congreso opositor y hasta en documentos oficiales de Estados Unidos. El «Proyecto 2025» de la administración Trump lo califica abiertamente como un «estado fallido dirigido por cárteles». Opositores como el PRI lo repiten sin cesar: México es un cementerio nacional donde el 60% del territorio está bajo control criminal. Incluso analistas moderados admiten que, aunque el Estado mexicano no ha colapsado por completo —aún recauda impuestos, celebra elecciones y mantiene una economía que, milagrosamente, no se ha hundido—, ha perdido el monopolio de la violencia en amplias regiones. El Fragile States Index 2024 lo sitúa en 69 puntos (de 120 posibles), en categoría de «advertencia», lejos de los estados colapsados como Somalia o Yemen, pero peor que muchos vecinos latinoamericanos.
El diagnóstico es crudo. Más de 200 mil homicidios desde 2018, 130 mil desaparecidos, fosas clandestinas que brotan como hongos después de la lluvia. Cárteles que usan drones con explosivos, que controlan puertos, minas y hasta ayuntamientos enteros. En Guerrero, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas, el Estado llega solo cuando envía soldados, y a menudo se retira dejando el terreno a los grupos armados. La estrategia de «abrazos, no balazos» del sexenio anterior mutó en una versión más confrontacional bajo Sheinbaum, con operativos masivos y extradiciones express, pero los resultados son tibios: los homicidios bajan en algunos meses, suben en otros, y la fragmentación del narco —de siete grandes cárteles en 2000 a más de 150 hoy— genera una violencia más difusa y brutal.

La corrupción es el pegamento que une todo. México alcanzó en 2025 su peor calificación histórica en el Índice de Percepción de la Corrupción: 26 puntos sobre 100, puesto 140 de 180 países. Empresas fantasma siguen recibiendo contratos millonarios, funcionarios coludidos con el crimen organizado, y un Poder Judicial reformado por voto popular que genera incertidumbre global. El huachicol fiscal, los desvíos en Segalmex y los nexos documentados entre políticos y narcos no son anécdotas: son el sistema. El Estado no solo falla en proveer seguridad; falla en ser creíble.
Y sin embargo, México resiste. Su economía, aunque estancada —crecimiento de apenas 0.7% proyectado para 2025, contracción en el tercer trimestre—, es la décima segunda del mundo. Exporta más que nunca gracias al nearshoring, tiene reservas internacionales sólidas y un sistema financiero que no ha colapsado. Hay estados enteros —Yucatán, Querétaro, Nuevo León— donde la vida transcurre con relativa normalidad. Millones de mexicanos trabajan, estudian y construyen familias en medio del caos, como si la violencia fuera un impuesto inevitable.

¿Estado fallido o estado fallando? La diferencia es sutil pero crucial. México no es Somalia: el gobierno federal aún controla la capital, las fronteras y las instituciones macro. Pero en vastos territorios, el Estado real es el cártel que cobra piso, el que decide quién vive y quién muere. La presidenta Sheinbaum enfrenta ahora la prueba definitiva: si no logra romper la colusión entre crimen y poder político, si la violencia sigue escalando y la economía se estanca bajo las amenazas arancelarias de Trump, el país cruzará el umbral del que ya no hay regreso.
Hoy, 18 de noviembre de 2025, México no es un estado fallido en el sentido estricto. Pero camina peligrosamente cerca del abismo. Y el tiempo para corregir el rumbo se agota.
