Por Ricardo Reyes.
En el crepúsculo del 26 de septiembre de 2025, mientras la Ciudad de México se ahogaba en un tráfico ensordecedor, un grupo de hombres y mujeres descendía sigilosamente por las escaleras del Senado de la República. No eran diplomáticos ni activistas comunes: sus delantales blancos, bordados con hilos de oro que evocaban antiguos gremios de canteros, los delataban. Era el clímax del XLIII Congreso Nacional Masónico de Grados Filosóficos, un ritual moderno donde, bajo la mirada atenta del senador Francisco Chíguil –militante de Morena y guardián de secretos fraternos–, se invocaba no solo el compás y la escuadra, sino el alma de una nación en transformación. «Construimos no con piedra, sino con ideas», murmuró un orador anónimo en la penumbra del Salón Xicoténcatl, mientras el eco de aplausos se fundía con el rumor de la lluvia sobre el Zócalo. Esta escena, digna de una novela de Umberto Eco, no es ficción: es el pulso vivo de la masonería mexicana, una hermandad que ha susurrado en los oídos de presidentes, conspirado en las sombras de la Independencia y desafiado a la Iglesia con el filo de la razón. Pero, ¿quiénes son estos arquitectos del alma colectiva? ¿Guardianes de la libertad o titiriteros invisibles? Acompáñame en este periplo narrativo, donde cada logia es un capítulo y cada mito, un velo a rasgar.
El Susurro Inicial: Nacida en la Noche Colonial.
Imagina el México de 1799: las antorchas de la Inquisición parpadean en las mazmorras de la Ciudad de México, iluminando rostros demacrados de «carbonarios» –precursores de los masones– encadenados por el pecado de soñar con repúblicas lejanas. Eran emigrantes franceses, quizás, o soldados españoles que trajeron de ultramar no solo mosquetes, sino logias itinerantes donde se forjaban pactos bajo el ojo que todo lo ve. La Corona los acechaba como lobos a corderos herejes, pero el fuego independentista ya ardía. En la penumbra de una taberna en la calle Bolívar –hoy un portal discreto al número 73–, Miguel Hidalgo, el cura de Dolores, habría recibido su iniciación en la logia «Arquitectura Moral». O al menos eso narra José María Mateos en su Historia de la masonería en México, un tomo polvoriento que pinta al padre de la patria no como un mártir solitario, sino como un hermano entre iguales, juramentado a la fraternidad, igualdad y libertad.
No hay pergaminos irrefutables –Virginia Guedea, la historiadora implacable, advierte que las sociedades patrióticas se confunden a menudo con logias puras–, pero el relato se teje con hilos de verdad: en 1810, el Grito de Dolores retumbó como un golpe de martillo masónico, y José María Morelos, Ignacio Allende, todos ellos, se erigieron en albañiles de una nueva patria. Tras la Independencia de 1821, el velo se rasgó. Agustín de Iturbide, el consumador coronado, paseó por palacios con rumores de delantal oculto, solo para caer bajo balas que olían más a traición política que a venganza ritual. Y entonces llegaron los ritos, como vientos foráneos: el Escocés Antiguo y Aceptado, traído por liberales españoles como Rafael del Riego, con su aroma a guillotina francesa; el de York, inyectado en 1822 por el enigmático Joel R. Poinsett, diplomático yanqui que tejía alianzas con hilos de ambición norteamericana. En 1825, México respondió con su propia voz: el Rito Nacional Mexicano, un grito de soberanía masónica, laico y fieramente autóctono, con nueve grados que olían a tierra azteca y no a salones europeos.
Héroes con Delantal: Las Voces que Doblaron la Historia.
Ahora, detengámonos en los retratos vivientes: Benito Juárez, el zapoteca de ojos como obsidianas, no solo derrocó imperios; en su logia oaxaqueña del Rito Escocés, juró separar Iglesia y Estado, y las Leyes de Reforma de 1857-1860 fueron su escuadra trazando líneas invisibles en el polvo del poder clerical. Vicente Guerrero, el tigre mestizo que firmó la abolición de la esclavitud, y Lorenzo de Zavala, el pluma afilada de la Constitución de 1824, compartían banquetes fraternos donde el vino se mezclaba con debates sobre repúblicas eternas. Bajo el sol sangriento del Segundo Imperio, Maximiliano rechazó el toque del compás –»Soy Habsburgo, no aprendiz»–, pero su corte bullía de masones, y su ejecución en 1867, junto a Miramón y Mejía, fue un epílogo trágico donde el fusil sonó como un cierre de logia.
El porfiriato fue el acto más opulento: Porfirio Díaz, el general de bigote recio, ascendió a Gran Maestro en 1890, orquestando la Gran Dieta Simbólica como un vals de influencias que sostenía su dictadura de terciopelo. Pero el telón cayó en 1901, disuelta por vientos estatales. La Revolución de 1910 la revivió en trincheras: Victoriano Huerta tramaba en sombras yorkinas, Venustiano Carranza invocaba principios laicos en la Constitución de 1917, y hasta Miguel Alemán, en los años posrevolucionarios, presidió desde la logia «City of Mexico» Nº 1, donde el humo de cigarros cubanos velaba planes para un México moderno. Exiliados añadieron colores: chilenos de la logia «Salvador Allende» en 1975, españoles del Grande Oriente en 1939, tejiendo un tapiz de diásporas que aún late.
El Laberinto de los Ritos: Un Bazar de Simbolismos.
Entra en el laberinto actual: la masonería mexicana es un bazar místico donde ritos bailan como máscaras en un carnaval eterno. El Escocés, con su Supremo Consejo de 1860, susurra fórmulas filosóficas en 33 grados; el York, pragmático y anglófilo, tiende puentes a Inglaterra. El Nacional Mexicano, bicentenario en 2025, late con nueve peldaños laicos, un himno a la independencia que resuena en logias como la Gran Logia Valle de Saqqara, con 186 talleres activos. No faltan los excéntricos: el Francés Moderno, mixto y adogmático, abre puertas a mujeres desde 1935 en «Alma Mexicana»; el Hermético Tradición Atlante Tolteca fusiona Quetzalcóatl con Hermes, un cóctel de toltequismo y alquimia. La Confederación de Grandes Logias Regulares une 31 estados, con jóvenes en DeMolay y Hijas de Job aprendiendo a trazar sus propios caminos. Es un ecosistema vivo, donde el velo de la discreción oculta no secretos malignos, sino rituales de auto-mejora y caridad silenciosa.
Sombras Largas: Mitos que Acechan en la Noche.
Pero toda gran narración tiene su antagonista: los mitos. En tabernas y púlpitos, se susurra de masones como «religión paralela», devoradora de almas católicas, con rituales satánicos bajo lunas llenas –fábulas deshilachadas por sabios como José Antonio Ferrer Benimeli, quien las reduce a «fraternidad filosófica, no secta devoradora». La Iglesia, desde la burbuja Humanum Genus de 1884, los excomulgó por su laicismo afilado, pero en 2025 un «Gran Luminar» confidencia en foros: «No hay dogma enemigo, solo ecos de guerras pasadas». Conspiraciones brotan como hongos: ¿controlaron la expropiación petrolera de 1938, disolviendo logias proyanquis? ¿O la Independencia fue un complot de delantales? Documentos quemados por la Inquisición alimentan el fuego, y suspensiones recientes –como la de una Gran Logia en marzo de 2025 por la Confederación Interamericana– avivan chismes de cisma. La verdad, más prosaica: filantropía en hospitales y escuelas, no tronos ocultos.
El Alba de 2025: Un Ritual en Marcha.
Hoy, en este noviembre lluvioso, la masonería renace como un fénix en el Senado: el Congreso de septiembre, con boletos vendidos y flashes de cámaras, proclamó «construcción con fuerza y vigor» en un México de Claudia Sheinbaum, donde polarizaciones claman por puentes fraternos. Senadores como Maldonado Garrido invocan principios en plenarias, mientras el bicentenario del Rito Nacional desfila con desfiles simbólicos. La pandemia mermó filas –de 50,000 estimados a menos–, y ritos mixtos provocan fruncimientos en cejas puristas, pero el lazo con la York Grand Lodge y exiliados globales la mantiene vibrante.
Epílogo: El Compás que Apunta al Horizonte.
En las profundidades de una logia olvidada, un aprendiz cierra los ojos y visualiza: no templos de mármol, sino un México donde la tolerancia es la piedra angular. Como Juárez en su exilio, o Díaz en su ocaso, la masonería no dicta destinos, sino que los ilumina con el fuego de la razón. Los mitos, como Ferrer Benimeli sentenció, «ocultan más que revelan», pero su legado –de la Reforma a los derechos humanos– es el verdadero secreto: una invitación eterna a edificar, no a destruir. ¿Y tú? ¿Escucharás el llamado del compás en la noche? La puerta, entreabierta, espera solo un golpe audaz.
