Por Javier Zapata.
La ciudad de Tepic vive hoy una de las etapas más desgastantes de su historia reciente. Mientras la edil presume en redes sociales una ciudad próspera, limpia y en movimiento, la realidad que pisan los ciudadanos cada día es otra, calles destruidas, colonias olvidadas, servicios públicos ausentes y un creciente sentimiento de abandono que ya raya en el hartazgo colectivo.

Las campañas permanentes de propaganda no son gobierno, son espejismos. Son intentos desesperados de mantener una imagen ficticia que se derrumba cada vez que una madre de familia pisa el lodo de una calle sin pavimentar o cuando un joven regresa de noche sin alumbrado público. Es el maquillaje político de una administración que ha preferido invertir en su promoción personal antes que en resolver las necesidades de la gente.
Lo más grave no es solo el engaño, sino la complicidad. Las autoridades que deberían vigilar y exigir resultados el Congreso, los órganos de fiscalización, e incluso algunas dependencias estatales han optado por el silencio, mirando hacia otro lado mientras la corrupción y la simulación se normalizan. El contubernio se hace evidente cuando nadie cuestiona los gastos millonarios en publicidad, mientras Tepic se hunde entre baches, basura y promesas rotas.
La paciencia del pueblo tiene límites. El cansancio social no se mide en encuestas manipuladas, ni en likes comprados. Se mide en la indignación que crece, en el descontento que se multiplica, en el clamor de una ciudadanía que exige respeto, verdad y justicia.
Tepic no necesita más espectaculares, ni discursos huecos. Necesita gobernantes con vergüenza, que la verdad sea en todo momento su bandera, autoridades con dignidad y una ciudadanía dispuesta a no permitir que la mentira siga siendo la norma.
Porque cuando la verdad se oculta y el pueblo se levanta, ningún pendón ni propaganda podrá tapar el rostro del engaño.
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