“El ayuntamiento dorado del pueblo empobrecido”.

Por Javier Zapata.

Cuatro años de gobierno y Tepic sigue sin despertar del mismo sueño corrupto que se disfraza de progreso. La administración que prometió transparencia se convirtió en una maquinaria de favores, de contratos inflados y de silencios bien pagados.
Cada obra pública fue excusa para enriquecer a unos cuantos, cada programa social una pantalla de propaganda, y cada peso del erario una oportunidad para el saqueo.

El ayuntamiento entero se transformó en un mercado de privilegios: los parientes ocupan cargos estratégicos, los amigos controlan las licitaciones y los cómplices maquillan los números. El dinero del pueblo se escurre entre las manos de quienes juraron servirlo.
Los empleados honestos fueron marginados, y los corruptos ascendieron. Los contratos se firman en la sombra, los gastos se justifican con pretextos y los resultados se anuncian en espectaculares pagados con dinero público.

Las colonias populares, en cambio, siguen hundidas entre el polvo, la basura y la falta de servicios. El pueblo camina entre baches, mientras los funcionarios viajan en camionetas nuevas. No hay austeridad, solo abundancia para los de adentro y migajas para los de siempre.

Hablan de obras, pero ocultan los sobrecostos. Presumen limpieza, pero huele a podrido desde el despacho más alto. Hablan de honestidad, pero su propio círculo está manchado de contratos simulados, nepotismo y compadrazgos.
El ayuntamiento se volvió el espejo más fiel de la mentira: una sonrisa amplia sobre un cuerpo enfermo de corrupción.

Y mientras las cámaras los aplauden y los medios comprados los exaltan, el pueblo observa en silencio, pero con rabia acumulada. Porque ya no se puede engañar a todos todo el tiempo.
Tepic no sonríe, Tepic aguanta. Pero el aguante tiene un límite.

La corrupción no solo vacía las arcas, vacía también la esperanza, el ánimo, la confianza.
Y cuando eso ocurre, cuando el pueblo entiende que ha sido burlado, ya no pide cuentas: las exige.

Hoy el pueblo de Tepic tiene la palabra. Y cuando hable, no habrá propaganda, ni sonrisa que tape la verdad.
Porque el verdadero rostro de estos cuatro años no está en los anuncios: está en las calles olvidadas, en los drenajes colapsados y en los bolsillos llenos de quienes juraron servir al pueblo y terminaron sirviéndose de él.

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