Por Javier Zapata.
Morena impuso rostros y sonrisas donde debía haber liderazgo. Candidatas y candidatos en su momento que prometieron transformación, pero se transformaron solo ellos: de servidores a nuevos ricos del poder.

Mientras el pueblo camina entre baches, tumbas saqueadas y servicios colapsados, la élite morenista desfila con trajes de marca, maquillaje de campaña permanente y discursos vacíos que ya no convencen ni a sus sombras.
Morena impuso rostros y sonrisas donde debía haber liderazgo. Candidatas y candidatos que prometieron transformación, pero se transformaron solo ellos: de servidores a nuevos ricos del poder.
Mientras el pueblo camina entre baches, tumbas saqueadas y servicios colapsados, la élite morenista desfila con trajes de marca, maquillaje de campaña permanente y discursos vacíos que ya no convencen ni a sus sombras.
El partido que juró limpiar la corrupción terminó pintando bardas con caras sonrientes mientras las calles se hunden y los panteones se caen a pedazos. Las mismas caras que hoy se esconden detrás de gastos millonarios en imagen, atuendos y lujo, mientras el dinero público desaparece como los valores que juraron defender.
El Congreso calla, los aliados del poder bendicen el cinismo y la edil presume una ciudad que solo existe en sus redes sociales. Pero el pueblo, cansado, observa y recuerda. Porque cada piedra rota, cada tumba saqueada y cada peso robado tiene responsables con nombre, partido y ambición.
Ya es hora de exigir que regresen lo que no les pertenece.
La transformación que prometieron se convirtió en un saqueo disfrazado de sonrisa.
Y aunque intenten cubrir el desastre con pasarelas y reflectores, la verdad se asoma entre el polvo, los escombros y el hartazgo.
