Por Javier Zapata.
Los dirigentes Federale, Estatales y Municipales de Morena hablan de moral, pero viven del cinismo. Predican honestidad, mientras se reparten el país a pedazos. Prometieron destruir la corrupción, pero la convirtieron en su bandera… y en su negocio.

Hablan de transformación, pero solo transformaron sus bolsillos.
Se vendieron como esperanza, y resultaron ser la nueva mafia del poder.
Los mismos que gritaban “¡no mentir, no robar, no traicionar!”, hoy hacen de cada palabra una burla.
Sus discursos son templos de mentira: llenos de frases huecas, aplausos comprados y un teatro de falsos redentores.
Cada “mañanera” es una misa de la manipulación, cada “acto del pueblo” es un montaje financiado con dinero robado.
Dicen servir al pueblo, pero lo usan como escudo.
Dicen amar la justicia, pero la pisotean.
Dicen representar al México pobre, pero viven como reyes.
El cambio que prometieron fue solo un disfraz.
El viejo sistema no murió… lo heredaron con gusto.
Aprendieron del PRI su arte de mentir, del PAN su doble moral, y le añadieron su propio sello: el descaro absoluto.
Hoy la corrupción ya tiene nuevo nombre, nuevo color y nuevos rostros.
Pero el mismo hedor.
Los mismos vicios, los mismos pactos, la misma impunidad.
La diferencia es que ahora, la venden como revolución.
Y mientras el pueblo sigue esperando justicia, ellos llenan sus bolsillos con el sudor de quienes aún creen en sus palabras.
Porque en México, la corrupción cambió de manos, pero no de alma.
Porque el verdadero enemigo de México no está en el pasado, está en el poder actual que usa la mentira como bandera y la corrupción como método.
Y en lugares como Nayarit y Tepic, esa realidad ya no se oculta: se vive todos los días.
