Por Javier Zapata
I. El espejismo del progreso.
México y Nayarit, no es la excepción vive atrapado entre el discurso y la realidad. Las autoridades presumen cifras, promesas y proyectos como si el bienestar fuera una conquista diaria, pero basta salir a las calles para descubrir la grieta que separa la narrativa oficial de la vida de la gente.
El sistema de gobierno ha perfeccionado un lenguaje; el del autoelogio. Palabras como “transformación”, “justicia social” o “progreso”, se repiten hasta el cansancio, pero en los hospitales faltan medicamentos, en las colonias el agua se corta por días, las calles destrosadas y en las escuelas los techos se caen sobre pupitres vacíos. La realidad no solo contradice al discurso: lo desnuda.
II. La política del simulacro.
Gobernar se ha convertido en un espectáculo de luces, filtros y redes sociales. El poder público se mide hoy por el número de likes, no por el número de vidas mejoradas.
Mientras se gastan millones en campañas de imagen, los programas de salud, seguridad y desarrollo social se desploman bajo el peso de la indiferencia.
La política ha mutado en una industria del aplauso. Se contratan consultores para maquillar fracasos, se manipulan estadísticas para esconder carencias y se imponen narrativas que buscan moldear la percepción ciudadana más que transformar su realidad.
El resultado es un gobierno que gobierna para sí mismo, obsesionado con su permanencia, no con su trascendencia.
III. La ausencia como política de Estado.
En cada rincón del país, la ausencia gubernamental se siente como una presencia incómoda. No hay autoridad que resuelva, pero sí hay funcionarios que se fotografían “atendiendo”.
El ciudadano ya no pide milagros, pide coherencia. Pide que las autoridades sean capaces de ver el dolor que intentan esconder bajo eventos públicos y discursos vacíos.
En Tepic, por ejemplo, la realidad se impone con crudeza, calles que parecen heridas abiertas, hospitales sin insumos, sin medicamentos, familias que esperan atención y reciben silencio.
Esa omisión sistemática y estructural no es un accidente; es hoy en día, forma de gobernar. Porque un pueblo ocupado en sobrevivir, no tiene tiempo para exigir rendición de cuentas.
IV. El precio del silencio.
El sistema ha aprendido que el control no se ejerce con represión visible, sino con la saturación del ruido.
Cada logro menor es amplificado, cada crítica es sofocada, cada periodista incómodo es etiquetado como enemigo. La propaganda es la nueva censura.
El periodismo libre se convierte entonces en el último espacio de resistencia, en la trinchera donde la verdad aún respira.
Quienes escriben, investigan y denuncian lo hacen enfrentando estructuras diseñadas para desgastar. Pero también saben que el silencio mata más que las balas.
V. La verdad incómoda.
El verdadero enemigo del poder no es la oposición política, es la realidad.
Esa realidad que no se puede editar, que no se disfraza con eventos públicos ni conferencias matutinas.
La que se ve en los ojos de una madre esperando medicamentos para su hijo, en el rostro del trabajador que se queda sin transporte, en la frustración de los jóvenes sin oportunidades.
Esa verdad incómoda es la que el sistema intenta enterrar bajo la alfombra del “todo está bien”. Pero no está bien.
Y mientras el gobierno siga mirando hacia otro lado, el país seguirá caminando en círculos, entre aplausos comprados y promesas rotas.
VI. El periodismo como acto de resistencia.
Frente a un sistema que miente, informar es un acto de valentía.
Cada palabra publicada con honestidad desafía al poder que se alimenta del engaño.
El periodismo no puede ni debe ser cómplice del silencio institucional.
Porque cuando la verdad se calla, la corrupción florece.
Hoy más que nunca, la misión de la prensa es recordar que la realidad no es una prioridad para el poder, pero debe ser una urgencia para la sociedad.Mirar de frente.
Mirar de frente.
El país no necesita discursos, necesita dignidad.
Y esa dignidad empieza cuando la ciudadanía mira de frente al gobierno y le exige lo que olvidó: servir, servir y servir.
El verdadero progreso no se mide por eventos, ni por propaganda, sino por el valor de mirar la verdad sin miedo.
Porque la historia no recordará a quienes maquillaron la realidad, sino a quienes tuvieron el valor de contarla.
“Por el derecho a la verdad, aunque duela”.zapata.nayarit@gmail.com
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