Por Carlos Avendaño.
Culiacán, capital sinaloense de la resignación. Un trágico fin de semana dejó una veintena de asesinados y más de diez heridos, entre ellos menores de edad. Pero aquí nadie se sorprende, porque ya nos enseñaron que en esta ciudad no se necesita deberle a nadie ni andar en malos pasos para morir a balazos. Basta con ir camino a tu casa, esperar a que tu hijo salga de la escuela o tener la mala costumbre de ir al supermercado. En Culiacán se puede morir hasta afuera de un hospital, y lo más grotesco no es la sangre en el suelo, sino la frialdad con que se narra: una nota más, otro muerto más, y la vida sigue como si nada. Las autoridades, por su parte, siguen en lo mismo: no pueden o no quieren, pero en ambos casos el resultado es idéntico: funerales colectivos y silencio oficial disfrazado de comunicados. Los discursos de “estamos trabajando” se vuelven insultos cuando las balas siguen dictando la agenda. Preguntas obligadas: ¿Qué más se necesita vivir para que esto cambie? ¿Cuánto más tenemos que aguantar como si no mereciéramos algo tan básico como una vida segura? ¿Por qué la gente calla, como si el miedo hubiera extirpado de raíz cualquier intento de indignación? La respuesta es amarga: hemos normalizado la violencia. Nos acostumbramos a vivir entre levantones, a escuchar ráfagas como si fueran pirotecnia, a contar muertos como si fueran goles. Lo trágico no es solo la muerte, sino la indiferencia. Y mientras tanto, el poder se encoge de hombros, el narco sigue cobrando facturas y el ciudadano sobrevive rezando que no le toque hoy, que le toque a otro mañana. Porque en Culiacán la vida ya no vale ni lo que cuesta una bala. “Epitafio Colectivo”: Aquí yace la indignación de un pueblo que aprendió a vivir arrodillado, acostumbrado a enterrar a sus muertos en silencio y a votar por sus verdugos con resignación. Si busca culpables, no voltee a ver solo a los asesinos… sino también a quienes prefirieron callar…
Con este nuevo cambio en el poder judicial, más que celebrar, nos toca santiguarnos. Porque la mera verdad es que no vaya siendo que la tan presumida reforma no venga con toga y martillo, sino con garrote y mordaza. Nos dicen que es “para fortalecer la justicia”, pero en México ya sabemos leer entre líneas: fortalecer significa concentrar poder, y justicia suele traducirse en obediencia al gobierno en turno. La sospecha es inevitable: ¿Será la nueva ley una garantía de derechos o un manual de censura con membrete oficial? Los periodistas que todavía nos atrevemos a escribir lo que vemos, los defensores de derechos humanos que denuncian lo que todos callan, y las organizaciones sociales que incomodan al poder, saben que podrían ser las primeras en estrenar esta “modernización”. Una modernización que, en lugar de blindar libertades, instale la fábrica de silencios más eficiente que hayamos visto en décadas. Y lo cruel del asunto es que lo hacen en nombre del pueblo, como si callar voces críticas fuera sinónimo de democracia, como si encarcelar disidentes equivaliera a impartir justicia. El riesgo es claro: que el nuevo poder judicial termine convertido en un departamento de control político, un INQUISIDOR con toga, dispuesto a premiar la obediencia y castigar la insolencia. Así que, estimado lector, vayamos entendiendo: opinar ya no será un derecho, será un atrevimiento. Denunciar será visto como provocación. Y ejercer la crítica, como un delito disfrazado de “difamación”. La pregunta cruel es: ¿De verdad necesitamos leyes para callar a los incómodos, cuando ya tenemos la violencia, la impunidad y la indiferencia, que hacen el mismo trabajo gratis?…
Fernández Noroña: el franciscano de lujo. “Vivo humildemente en una mansión de 12 millones de pesos”, podría ser la frase que mejor retrata al flamante senador José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña. El mismo que durante años sermoneó sobre la pobreza, la austeridad y la “congruencia moral”, hoy se pasea por Tepoztlán en calidad de franciscano de inmobiliaria premium. La nueva residencia que posee, está valuada en tan solo 12 millones, con 1,201 metros cuadrados de terreno y 259 de construcción, misma que fue adquirida en noviembre del año 2024. Según él -franciscano 4T-, “la sacó a crédito”, como si el detalle suavizara el golpe brutal de realidad. Lo irónico es que este senador de MORENA, es el mismo que en su momento exigió a Peña Nieto donar la famosa Casa Blanca para becas estudiantiles. Hoy, con la congruencia bajo tierra, la pregunta obligada es: ¿Se animará Noroña a rifar su humilde choza de 12 millones para los estudiantes del país? Lo que antes fue indignación, hoy es justificación. Lo que antes era “escándalo burgués”, hoy es “logro personal”. En resumen: un franciscano de discurso y un burgués de escrituras. La austeridad, al parecer, era solo para los otros…
Catecismo franciscano según San Noroña. Artículo 1: “Bienaventurados los pobres… siempre y cuando no me quiten el crédito hipotecario para mi mansión de 12 millones en Tepoztlán”. Artículo 2: El humilde franciscano de antaño que no tenía ni para un café, hoy se ilumina con lámparas coloniales en sus 259 metros de construcción, mientras predica en el Senado contra la “opulencia neoliberal”. Artículo 3: Cuando Peña Nieto tuvo la “Casa Blanca”, Noroña tronaba: “¡Esa casa debe donarse para becas estudiantiles!”. Hoy, con su “choza franciscana” de 12 millones, el nuevo evangelio es: “Mi casa no es lujo, es un espacio de resistencia popular con jacuzzi”. Artículo 4: Que quede claro: la austeridad republicana es para los demás. Para él, la verdadera “Cuarta Transformación” consiste en pasar de rentar a ser hipotecario de lujo con vista al Tepozteco. Artículo 5: La congruencia política no murió, simplemente fue desalojada… para que Noroña pudiera meter su alberca. Y así, entre sermones y escrituras (las inmobiliarias, no las bíblicas), el humilde “hijo del pueblo” se convierte en el más fiel discípulo del santo patrono de la hipocresía: San Doble Discurso de Tepoztlán…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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