Por Carlos Avendaño.
Casas del Bienestar: techo de lámina, costo de mansión y aplausos a granel. ¿Recuerdas esa foto del diseño de las Casas del Bienestar que anduvo circulando y luego desapareció misteriosamente de la mayoría de los portales? Sí, esa misma donde el “techo” parece tan delgado que un tinaco lo convierte en recuerdo histórico. Pues ahora resulta que cada unidad podría costar 500 mil pesos según el discurso oficial… aunque a simple vista el material grita obra de menos de 300 mil y eso siendo generosos, sin contar la plusvalía del logotipo gubernamental impreso en la lona inaugural. Pero claro, cada vez que uno critica, sale el coro patriótico: “¡Ningún chile te embona!” Pues ni modo: hay datos básicos que no se pueden barrer debajo de la lámina. Datos clave que el aplausómetro ignora: No son gratis. Alguien las paga… y ese alguien eres tú, vía impuestos. Se financian con recursos públicos, no con milagros ni rifas presidenciales. Están diseñadas bajo la misma escuela de ingeniería épica que nos dio: El aeropuerto que funciona a medias, El tren que se vende como logro histórico mientras sigue parchándose, La refinería que no refina, Y un Estado que presume “bienestar” donde hay carencias básicas. ¿Vivienda social o maqueta electoral? Lo que se ve (y lo que se retiró de ver) apunta a vivienda mínima, barata y políticamente rentable. Un cascarón presentado como redención social. ¿Dignidad habitacional? Esa palabra no cabe en un techo que no soporta ni el solsticio, menos un tinaco lleno o una tormenta de verano. ¿Por qué importa gritar antes de que las construyan? Porque después vienen las justificaciones técnicas, los contratos cerrados, las ampliaciones presupuestales y los “ya se hizo, ahora defiéndelo”. Este es el momento de: Exigir proyecto ejecutivo público (planos, materiales, especificaciones estructurales). Pedir costo desglosado por m², cimentación, cubierta, instalaciones, acabados. Revisar quiénes son los contratistas y proveedores (los verdaderos ganadores del bienestar). Comparar con modelos probados de vivienda social digna en otros estados o países. Asegurar garantías estructurales: peso máximo en azotea, resistencia a viento/lluvia, vida útil prevista. El cinismo de la maqueta. Se pretende que aplaudas porque “algo es algo”. Pero no: una mala casa no es mejor que ninguna casa si condena a la pobreza a endeudarse por chatarra habitable. Si la estructura falla, si no aisla calor, si no soporta un tinaco, si se filtra el agua o se degrada en tres años, lo que se regaló no fue bienestar: fue un pasivo social con propaganda incluida. ¿Dónde debería ir ese dinero? En lugar de multiplicar casitas precarias: Rehabilitación de vivienda existente en comunidades marginadas. Infraestructura básica: agua, drenaje, electrificación segura, calles transitables. Programas de autoconstrucción asistida con supervisión técnica y subsidio escalonado (lo que sí funciona cuando se hace bien). Fondos rotatorios comunitarios con reglas claras y auditoría ciudadana. Preguntas para tu columna (o para incomodar en conferencia). ¿Costo real por unidad y qué incluye? ¿Es compra, subsidio, crédito blandito o deuda disfrazada? ¿Garantiza títulos de propiedad o solo ocupación política? ¿Quién certifica la seguridad estructural? ¿Vida útil del techo? ¿Carga máxima? ¿Aislamiento térmico? ¿Quién gana con los contratos? “Las Casas del Bienestar vienen con techo emocional: si te cae el tinaco, al menos sabrás que fue por la patria.”
Impuestos: el único lugar donde el robo es legal y obligatorio. Pagar impuestos en México es como estar atrapado en una suscripción forzosa a un servicio que nunca funciona. Te descuentan por todo, te cobran por todo, y encima te exigen que les aplaudas. Pagas: ISR, IVA, IEPS, predial, tenencia, verificación, derechos y hasta el aire que respiras cuando llenas un formulario. ¿Y para qué? Para ver cómo el dinero que ya fue gravado… vuelve a serlo, y luego otra vez, y otra, y otra, como si el SAT pensara que vivimos en Dubái, pero con baches. El ciudadano promedio paga impuestos por trabajar, por consumir, por circular, por vivir, inclusive por morirse. Pero cuando voltea a ver en qué se está gastando todo ese dinero, lo único que encuentra es: calles hechas trizas, escuelas cayéndose, hospitales sin medicinas, policías sin equipo, servicios públicos de cuarta, y funcionarios públicos… de cinco estrellas. Porque si el gobierno fuera una empresa, ya estaría en bancarrota o en la cárcel. Pero aquí no. Aquí, el gobierno te exige “cumplimiento fiscal” mientras ellos derrochan en camionetas blindadas, asesores de asesores y en campañas “institucionales” que solo sirven para inflar los egos y para preparar candidaturas. ¿En dónde está el retorno de nuestra inversión ciudadana? Porque esto no es contribución, es extorsión con código fiscal. ¿Seguridad? Te asaltan en la esquina. ¿Educación? Maestros mal pagados y aulas sin pizarrón. ¿Salud? A ver si alcanzas cita en el IMSS en unos tres meses. ¿Servicios públicos? Pregúntale a tu calle, si es que sobrevives al cráter que tienes afuera. Y lo peor: cuando exiges cuentas, te tachan de revoltoso, de insensible, de enemigo del progreso. ¡Progreso de ellos, claro! Porque aquí el progreso se mide en declaraciones, no en obras públicas. El gobierno tiene una gran deuda con la ciudadanía: no solo es económica, sino moral. Porque si tú le fallas al SAT, te embargan. Pero si ellos te fallan, te mandan una disculpa en PowerPoint y siguen como si nada. Así es que pagamos impuestos sobre lo ya gravado, con dinero que ya trabajamos, por servicios que no recibimos y con un cinismo que ya raya en el insulto. La pregunta no es por qué la gente evade impuestos, la verdadera pregunta obligada es: ¿Por qué el gobierno evade su responsabilidad?…
Estimados lectores, nos tomaremos unas breves e inmerecidas vacaciones para recargar energías durante este periodo veraniego. Llegó el momento de hacer una pausa en el camino, mirar con perspectiva y volver con la pluma más afilada que nunca. Agradezco profundamente su lectura, su crítica y su compañía constante. Nos reencontramos prontamente, con nuevas ideas, más análisis, pero por supuesto y desde luego, sin dejar de cuestionar el poder y a los políticos. Hasta entonces, ¡Que el descanso también sea una forma de resistencia! Con muchísima estima, Carlos Avendaño…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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