Por Carlos Avendaño.
Trump lanza verdades incómodas, ¿Y la presidenta responderá con otra demanda? Donald Trump, ese bulldozer naranja que no sabe lo que es la diplomacia (pero sí lo que es ganar titulares), acaba de decir lo que muchos susurran y el gobierno mexicano no quiere oír: que los cárteles tienen “petrificadas” a las autoridades mexicanas. Que controlan territorio. Que hacen del fentanilo un negocio redondo mientras cruzan la frontera como si fuera de libre comercio. ¿Y qué dice el gobierno mexicano? ¿Calla? ¿Responde? ¿Niega? No. En estos tiempos de transformación, la moda es demandar. Porque si ya se demandó al abogado de Ovidio Guzmán por “difamación”, ¿Por qué no hacerlo también con Donald Trump? Total, el mandatario también se atrevió a decir lo impensable: que en México el narco tiene poder, que hay zonas controladas, y que la autoridad tiembla. ¡Gravísimo! Seguro que en Palacio Nacional ya están redactando la querella. ¿O no? Pero aquí viene lo sabroso: Donald Trump, habló en Estados Unidos. Allá, donde la libertad de expresión no se toca ni con el pétalo de una mañanera. Y donde una demanda por difamación necesita más que berrinches políticos y retóricas de víctima. Además, si lo que dijo es mentira, ¿Por qué tantos datos lo confirman? ¿Y qué va a hacer Claudia Sheinbaum Pardo ahora? ¿Pedir apoyo consular para interponer una demanda civil? ¿Pedirle a la FGR que le redacte la denuncia y al INAI que no la publique? Lo cierto es que, en México, la estrategia oficial contra el narcotráfico parece más bien un taller de derecho civil: si no puedes con ellos, demándalos. ¿Quién sigue? ¿Netflix por hacer series que “manchan la imagen del país”? ¿Periodistas por usar adjetivos incómodos? Porque si la lucha contra el crimen organizado se limita a presentar denuncias por daño moral, entonces este gobierno ya perdió -y ni cuenta se ha dado-. Donald Trump, podrá ser muchas cosas: imprudente, ruidoso, racista, pero, esta vez dijo lo que en México muchos callan por miedo, por complicidad o por conveniencia. Y eso es lo que realmente petrifica: no al Estado mexicano… sino al ciudadano común y corriente, quien ya entendió que los criminales gobiernan de facto en varias regiones, mientras en Palacio Nacional y en la SEGOB, hacen demandas y grandes shows…
Cuando el PRI se muerde la cola (y el ego). ¡Se rompieron las tazas, los platos y hasta la vajilla institucional! La “amistad” entre la senadora Paloma Sánchez Ramos y la ex dirigente estatal del PRI en Sinaloa, Paola Ivette Garate Valenzuela, pasó de la foto sonriente al silencio incómodo. Y es que no era para menos: cuando una se acomoda en la cúpula y la otra termina en la banca sin siquiera un “gracias por participar”, pues claro que arde Troya (y con razón). El “compañerismo” priísta duró lo que dura un spot de campaña: lo justo para aparentar. Porque si algo quedó claro en esta telenovela política, es que la supuesta sororidad entre Paloma y Paola era más de utilería que de convicción. Apenas Paola estorbó en el tablero, alguien -digamos, una senadora con influencia- se encargó de barrerla discretamente, como quien sacude el polvo antes de una conferencia de prensa. Y ahora que Paola está fuera, ausente de los eventos, molesta, pero con la mirada fija en los traidores -perdón, en los compañeros de partido-, muchos se preguntan: ¿En dónde quedó la famosa “unidad del PRI”? Pues dónde más: en el discurso, en los videos motivacionales, en los desayunos de la dirigencia, en el archivo muerto. Porque esto no fue un cambio de dirigencia, fue un acto de eliminación quirúrgica. Una especie de “limpia” para hacer espacio para el sucesor elegido desde arriba, como dictan las buenas costumbres del priismo de siempre. Y para colmo, ni un mensaje, ni un reconocimiento, ni una flor marchita para despedir a quien, en teoría, defendía los colores del tricolor. Vaya cortesía política. Lo peor es que todos actúan sorprendidos, como si no supieran que, en el PRI, la lealtad dura lo mismo que un cargo sin padrino. Hoy eres hermana, mañana eres estorbo. Hoy compartes escenario, mañana ni te etiquetan en las fotos. Y así se escribe la historia de un partido que, en lugar de renovarse, se reinventa en traiciones. Paola Ivette, se va por la puerta de atrás, sin reflectores, y probablemente sin retorno. Y como dicta la cruel lógica de los partidos en descomposición: lo que no conviene, se olvida, lo que incomoda, se desecha. Porque aquí, las convicciones se subordinan al que reparte el pastel. ¿Unidad? Solo cuando hay que posar. ¿Hermandad? Solo mientras no te quiten de la silla. Y así, en el PRI como en los demás partidos sinaloenses, se demuestra una vez más que el verdadero enemigo está en casa…
Jesús Ibarra Ramos: el diputado que quiere ser gobernador, antes de aprender a ser diputado. El flamante diputado federal Jesús Ibarra Ramos anda más suelto que el presupuesto en año electoral. Se le ve en todos lados, menos en el Congreso. Anda desolotado como adolescente con Tik Tok nuevo: tomándose fotos, sonriendo forzadamente, repartiendo promesas como si fuera candidato, pero a la gubernatura, no al cargo que ya tiene (y que olvida ejercer). Parece que la curul le quedó chica y el ego le quedó grande. Mientras su distrito se pregunta si alguna vez legisla, él se visualiza en la silla grande de Sinaloa. Quizás le apuesta al “padrinazgo” de Mario Delgado, el ex todopoderoso repartidor de candidaturas morenistas. Con esto basta para sentirse llamado por el destino o al menos por el algoritmo del poder. Jesús Ibarra no está en campaña, está en casting. Recorre el estado como influencer político, vendiendo imagen menos ideas y presumiendo músculo electoral que no se le mira. Porque hay que decirlo sin rodeos: ¿Alguien recuerda alguna iniciativa relevante de Ibarra Ramos en la Cámara de Diputados? ¿Alguna defensa encendida por Sinaloa? ¿Algún posicionamiento que no haya sido dictado desde el centro? Pero así son las cosas en política: un día te eligen para representar a un distrito, y al siguiente ya te crees virrey del estado. La curul es apenas el trampolín para aspiraciones desmedidas, y el trabajo legislativo, un trámite molesto entre gira y gira. Jesús Ibarra no quiere hacer carrera, quiere hacer historia, aunque sea por accidente. Eso sí, que nadie lo critique, porque él va con “proyecto de nación”, con visión de futuro y -faltaba más- con línea directa al cuarto de guerra de MORENA. Así se camina rumbo al 2027: con padrino, con selfies y con la agenda llena de eventos, siempre y cuando no estorben las sesiones del Congreso…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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